viernes, 24 de junio de 2016

“¿Sabe qué va a pasar? No va a vender más aquí"

Vender productos a un grupo armado era razón suficiente para que los comerciantes en Alejandría fueran víctimas de asesinatos o amenazas. Ese fue el caso de María Elda Morales, quien tuvo que abandonar el pueblo con su esposo y sus hijos por amenazas. En 2011, diez años después de su desplazamiento, regresó a Alejandría con su esposo a tratar de reconstruir sus vidas.


Por Santiago Jaramillo

“En la vereda del Alto de Cruces a mí me secuestraron. A mi casa llegaron dos hombres a las siete de la mañana y me dijeron que saliera con ellos porque teníamos una entrevista en el Alto de Cruces. Allí tenía a mi niño que ya le iba a dar el desayuno y ellos me dijeron ‘No, no le dé el desayuno, camine que estamos de afán’. Yo le dije a mi niño que si no volvía, que se fuera para donde mi hija, que vivía ahí cerca. Yo salí y me fui con ellos, pero no esperaba sino la muerte en ese instante.
Los muchachos me llevaron y en la carretera me decían que si iba con miedo. Llegamos hasta el Alto de Cruces, me dijeron que me sentara y sacara mi cédula.
Me preguntaron:
Usted aquí a quién despacha?’, y yo le dije ‘Señor, al que pasa’. ‘¿Usted qué vende?’. Le respondí ‘Yo vendo pasteles, empanadas y gaseosas. Con eso levanto a los hijos’. ‘¿Pero usted también le vende a los grupos armados?’. Y le dije ‘Sí señor. Aquí a todo el mundo le da hambre y yo estoy por la plata. Todo el mundo come’. Cuando les dije eso uno de los hombres me miró como no muy a gusto.
Ahí me dijo: ‘¿Sabe qué va a pasar gordita? No va a vender más aquí. Por seguridad le pido que se vaya”. Yo les contesté todo con mucho miedo y muchos nervios. A las nueve y media de la mañana me dijeron: ‘váyase para la casa, pero eso sí, por seguridad, es mejor que se vaya de allí porque aquí están pasando muchas cosas y usted puede perecer hoy o mañana, entonces queremos que se vaya’.
Ese mismo día, asesinaron a siete de nuestros vecinos. En ese tiempo, en octubre de 2001, nos tocó desplazarnos. Nos fuimos para Medellín a donde unas primas que yo tenía allá y a los tres meses nos fuimos para Cartagena.  Fue muy duro dejar todo. Lo tuve que dejar tirado por el miedo. Me llevé a mis cuatro hijos y al marido. En Alejandría quedó la finca, quedaron los marranos, las gallinas y hasta la ropa se quedó.
En Cartagena vivimos diez años y luego volvimos a Alejandría. Ya hemos estado aquí por tres años, en el barrio Centenario. Ha sido muy duro, pero ahí vamos. Hemos tenido ayudas humanitarias, que siempre nos han favorecido, pero ha sido muy complicado. Mi marido tiene 70 años y ya no puede trabajar, yo no puedo trabajar casi por mi artrosis, mis hijos se quedaron en Cartagena y la finca tuve que venderla porque ya se estaba cayendo.
En este pueblo, gracias a Dios, ha habido muchos proyectos de ayudas, pero yo a ellos no he podido entrar. Sé que la mayoría de mis compañeros que también se vinieron desde Cartagena han tenido sus buenas ayudas. Yo no he tenido tantos beneficios porque lo que me dijeron es que yo tenía que haber entrado a la Alcaldía de Medellín a hacer unas vueltas. Yo no sabía eso, pensé que al llegar a mi pueblo yo tendría mis ayudas acá.
Estoy ahora detrás de estos proyectos porque desde el año antepasado he estado en todas las reuniones de la mesa de participación de víctimas. Espero que un día, si Dios quiere, obtenga una ayuda en algún proyecto de vivienda o de cualquiera de las ayudas que tanto han llegado acá. Hay gente que dice que ya eso se acabó en este municipio. Mi Dios es grande y de pronto vuelven más ayudas y ahí caigo yo y otros de mis compañeros, porque yo sé que hay muchas personas que aún no han sido beneficiadas”.

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