lunes, 30 de marzo de 2015

Talleres de sanación: el dolor y la alegría de curar el alma

Es 26 de junio y, como cada 15 días, todo está dispuesto en el salón comunal para que las mujeres que pertenecen a las dos asociaciones de víctimas de la localidad, Amuvicafa y Asovival, cuenten sus historias. Mediante talleres, ellas avanzan en la sanación de las heridas sicológicas que les dejó la violencia.


Por Viviana Ruiz Ruiz


- ¿Cómo les fue con la tarea de hace quince días? –comienza saludando Paola Bonilla, psicóloga de la Unidad de Reparación de Víctimas.

Las caras sonrojadas y la pregunta “¿cuál tarea?” divierten a las participantes de estos talleres de esperanza. Se encuentran en el salón comunal ubicado junto a la biblioteca municipal y es una estancia beige un poco pálida.

Hoy llegaron once mujeres que asisten a un programa que busca ayudarlas a superar los traumas que les dejaron duras situaciones producto de la violencia, lesiones sicológicas que persisten así los hechos hayan ocurrido hace años.

La charla es interrumpida abruptamente cuando una de las participantes llega después de 20 minutos de iniciada la sesión. Con su maltratado bastón, la señora ya entrada en edad sonríe como si nada hubiera pasado, mientras ocupa una de las sillas con las que formaron un círculo en el salón.

- “A mí no me avisaron de la reunión. ¡Es que uno no tiene amigas…!” –dice con ese tono de quien quiere “picar” a los otros con afecto para ver qué responden.

Después de unos segundos de bromear, la psicóloga retoma la actividad volviendo a la pregunta inicial:

- ¿Alguien nos quiere comentar qué le dijeron con la tarea?

- Yo lo compartí con una amiga a la que le ocurrió algo muy parecido a lo que a mí me pasó –responde una de las participantes–. A ella no le secuestraron el hijo, pero sí se lo asesinaron, y ella me decía: ‘Yo no iría por allá a recordar esas cosas tan tristes. Es que eso no sirve para nada, a mí no me van a devolver a mi hijo’. Pero yo pienso que a uno aquí no lo ayudan a olvidar, sino a mitigar el dolor.

Entre 1996 y 2006, el Oriente antioqueño cayó en las garras de un conflicto disfrazado de ideales pero animado en realidad por poder, dinero y territorio. Y a su paso destruyó lo que encontró: vidas, procesos sociales, sueños... Paramilitares y guerrilleros parecía que compartían el mismo lema de acabarse unos a otros sin importar cuántos inocentes perecieran con ellos.

Aquel conflicto sorprendió a Alejandría, pueblo agricultor y minero, convirtiendo sus veredas, ríos y campos en cementerios improvisados. Por eso muchos se fueron como almas en pena huyendo de sus verdugos. Otros no tuvieron más opción y se quedaron. Ocho años después, madres, viudas y huérfanos están tratando de renacer de las cenizas.



Nunca es tarde para sanar


Jacinta Vergara, víctima como muchas otras, decidió alzar su voz y tomar las riendas de su propio destino: se convirtió además en líder y representante de todas aquellas mujeres que la violencia les cerró muchos caminos.

De la mano de las asociaciones y buscando ayuda de diferentes entidades públicas y privadas, Jacinta coordina programas de sanación como este que buscan la recuperación individua y colectiva de las personas y, por ahí derecho, de su comunidad.

Como lo expresa Paola Bonilla, psicóloga de la Unidad de Reparación de Víctimas,

“aunque estos procesos de ayuda llegaron 10, 12, 15 hasta 18 años después de que sucedió el hecho, alguien podría considerar que ya para qué esto. Pero hay que entender que primero estas mujeres debían experimentar un proceso con ellas mismas para permitirse después la participación en estos espacios”.


La fuerza interior de cada persona


El objetivo principal de estos talleres es reconstruir el tejido social que la violencia destruyó. Para ellos tuvieron el apoyo económico de la empresa estatal Isagén, respaldo que posibilitó que un centenar de mujeres participaran en forma totalmente gratuita y que tuvieran acompañamiento profesional especializado.

Gracias a este proceso y al trabajo de las propias asociaciones de víctimas, estas mujeres empiezan a renacer, al igual que el ave fénix, de las cenizas que el fuego dejó.



“Estos espacios son de solidaridad como grupo porque hay que reconocer el esfuerzo que están haciendo cada una de ustedes, ya que esto no es fácil. Pero todo hace parte del proceso que ustedes están haciendo porque tiene que ver con la reparación emocional e integral. No es solamente la indemnización, no es solamente la parte económica, sino que la reparación comprende muchos aspectos más”, les recuerda Paola Bonilla.

La sicóloga les insiste en que “esta invitación se le hace a muchas personas, pero solo algunas como ustedes escucharon el llamado. Con esta clase de actividades ustedes pueden sanar, avanzar todas juntas, tal vez no al mismo tiempo pero sí dándonos cuenta paso a paso qué fue lo que la violencia les quitó y qué fue aquello que las hizo ser ahora esas grandes mujeres”.

“Cuando hablábamos sobre qué fue aquello que la violencia no logró quitarnos, nos dimos cuenta de esos recursos propios con los que ustedes cuentan, de lo importante que es la fe, la familia, la unión familiar, las ganas de vivir, el seguir luchando, el tener unos sueños”.

“Son cosas que a pesar de que la violencia llegó a la vida de ustedes, sobrevivieron y todas esas cosas se convirtieron en herramientas que les ayudaron a seguir adelante”, continúa con sus palabras de aliento Paola Bonilla.

Los rostros de las participantes, sus corazones desgarrados pero aún fuertes, muestran el sufrimiento que implicó perder a sus seres queridos y muchas cosas materiales que hacían parte de su proyecto de vida. Ellas manifiestan que asisten a estos encuentros con el anhelo de que al finalizar cada sesión puedan reparar un poco de aquello que aquel pasado cruel les quitó.



El árbol personal de la memoria


El encuentro número tres comienza. Todas juntas ayudan a organizar las dos mesas de trabajo. Las once mujeres sacan su libro de ejercicios: el Álbum que, como su nombre lo indica, posee las memorias personales de cada una en este proceso.

¿Cuál es la palabra que me representa?

¿A cuantos pasos estoy de lograr mi meta?

Del uno al diez, ¿hoy cómo me siento con respecto a la sesión anterior?

Estas son algunas de las preguntas que utiliza la orientadora del taller para evaluar el progreso de cada una de las participantes.

Luego, la psicóloga les reparte cartulinas y cajas de colores, y les pide que dibujen un árbol con cuatro ramas: “Cada árbol representa a cada una de ustedes –afirma– y cada rama las cuatro etapas de sus vidas: niñez, adolescencia, juventud y adultez”.

Dibujan árboles de todos los colores, grandes y pequeños, chamizos y robles, alegres y apagados, algunos incluso más parecidos a una mano. Pero, eso sí, todos con sus cuatro ramitas y muy bien coloreados.

Terminados los dibujos, la sicóloga les pide poner en cada rama los frutos, que son las personas más importantes en cada etapa de sus vidas.

Entre anécdotas y relatos, una por una van narrado la cantidad de hermanos que tenían, las “pelas” que les daban lo papás por cualquier cosa, los novios que tuvieron, los hijos que alegraron sus vidas y, por último, la tragedia que padecieron.

Un mundo de colores invade aquella habitación. Entre risas comparten orgullosas sus hermosos dibujos y acompañadas de un delicioso pastel de pollo y un café con leche calman el hambre y el frío que empieza a hacer.



No es un proceso fácil


Al recordar algunas historias, empiezan a llorar:

- Es que transcurrido tanto tiempo uno perdona, pero no olvida –afirma una de ellas.

- Este tipo de talleres no ayudan a olvidar, pero sí a sanar y tratar de salir adelante. Ese proceso es doloroso –explica otra.

- A mí lo que me pasó fue una cosa muy horrible, pero si no fuera por Jacinta y por estos talleres yo no me hubiera dado cuenta que la vida continúa y que todavía me queda mucho por vivir –comenta doña Socorro, a quien le mataron el esposo y se vio obligada a desplazarse a Medellín con sus cinco hijos.


- A mí me impulsó venir a los talleres porque a me gusta reunirme con las compañeras y ser muy activa en todas las actividades. Uno con esos talleres se tranquiliza un poquito; en cambio en la casa a toda hora, pensando cosas que no me convienen porque yo lloro mucho, me dan nervios, vivo aburrida… Mejor dicho, me mantengo sin tranquilidad. En cambio, me vengo para los talleres y soy feliz, se me va todo y no pienso nada. Jacinta me dice “Alba, vea, hay un taller”. Y yo le contesto: “Ay, téngame pendiente en eso” –comenta Alba Inés Franco Castaño, a quien los paramilitares le torturaron a su esposo hasta la muerte dejando a sus cuatro hijos huérfanos.

Después de varios ciclos de talleres, unas 35 mujeres se dedican a cerrarle las puertas al dolor y entre todas juntas a recrear el acto simbólico que les pueda rendir homenaje tanto a sus seres queridos como a la lucha contante que mantienen por seguir adelante.


Julio de 2014



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