jueves, 26 de febrero de 2015

Los hijos del pueblo que se volvieron paramilitares


Otra de las situaciones dolorosas para la comunidad de Alejandría fue ver cómo algunos de los muchachos del municipio pasaron a integrar las filas de los grupos paramilitares.

Unos fueron informantes y otros cuantos, incluso, participaron en forma directa en atemorizar y asesinar a sus paisanos.


Por Juan Gonzalo Betancur B.

- Si usted se va pa´ la calle, yo le cierro esa puerta. Quédese acá y no se vaya porque mire esto como está –le dijo, ya tarde en la noche, un joven a su hermano, de quien ya sabía que andaba en malos pasos.
- No, yo me voy y si usted me cierra la puerta, yo se la tumbo a punta de plomo. Usted verá qué hace... –le contestó el otro.

Esa respuesta le hizo entender que ya todo había llegado a un punto de no retorno, que salir de aquel problema sería muy difícil para su familia y que lo mejor era irse, emigrar de Alejandría y buscar una nueva vida en otro sitio porque el hecho que su hermano que hacía poco se había vuelto paramilitar asumiera esas actitudes hostiles en su propia casa era el inicio de cosas aún peores.

“Yo amaba a mi hermano y no sé por qué diablos salió con eso, él de un momento a otro cambió ciento por ciento. Yo me acuerdo que él decía que ellos estaban haciendo patria, que era por Colombia… ¡Pero cuál patria, si era que nos estábamos matando entre hermanos! Allá prácticamente uno sabía a quiénes mataban y lo hacían era con gente conocida, era gente buena la que estaban asesinando”.

Quien esto relata es un hombre que llora cuando recuerda la historia de su hermano menor, el más querido y afín a él, un muchacho alegre y bien conocido en el pueblo, regular para el estudio pero querido por los de su misma edad. Un pelao común y corriente que terminó enrolado en las autodefensas o paramilitares.

Por ese motivo su familia se tuvo que ir de la localidad cargando una doble tristeza: la del hijo y hermano que perdió el rumbo, y la del dolor que él le causó a su comunidad, a familias vecinas y amigas que, como la suya, nacieron y tuvieron su origen en esas montañas del Oriente antioqueño.

Que los asesinos hayan venido de otros lados a arrasar con el pueblo era hasta entendible: nada los unía a ese terruño, ningún sentimiento los ataba a esa tierra, eran simples mercenarios que por una paga hacían cualquier atrocidad que les ordenaran sus jefes. Pero que chicos nacidos y criados en las mismas calles y en los mismos campos resultaran metidos en aquellas hordas que causaban el terror, eso no solo era doloroso sino incomprensible.


Vecinos que mataban a vecinos


“Se vio que gente de toda la vida, vecinos de toda la vida, muchachos incluso con todas las garantías que le puede dar la vida a una persona: estudio, un hogar, una madre buena, su casa, acomodados... terminaron unidos a esos grupos”, cuenta una mujer, madre de familia, quien soportó toda aquella época sin irse de la población.

Ella recuerda a uno en particular: “Hubo un muchacho así que mató a muchas personas de este pueblo. No accionó directamente el gatillo, pero era el que daba la orden. Fue jefe aquí y ahí está en la cárcel pagando como 25 años de prisión”.

“Ese muchacho puso a sufrir tanto a su mamá –continúa relatando– que eso en parte llevó a que ella se enfermara. Algunas de esas madres llegaron a un extremo de tanto dolor que, al ver a sus hijos como causantes de desangrar a todo un pueblo, pensaban: ‘Sí, que maten a mi hijo, que así se acaba esto’. Eso le pasó a aquella mujer: llegó un momento de tanta angustia que le pedía a Dios que de una u otra forma se lo llevara”.

Según cuenta otra mujer, se conoció que uno de esos jóvenes que ingresó a las autodefensas llegó a un punto tal de cinismo frente a su familia que llevaba a su madre su ropa sucia de sangre para que se la lavara.

“Cuando él llegaba y le tiraba todo eso, la mamá se sorprendía y entonces le decía a la trabajadora: ‘No vas a decir nada, pero ve esa ropa tan horrible que me trajo mi hijo’. En una ocasión, la empleada le respondió: ‘Ay doña, yo no sé qué vamos a hacer, pero esa ropa que trae es como que descuartizara vacas’. 


Otros afectados: las familias de los asesinos


Por ser un municipio tan pequeño, donde prácticamente todos los habitantes se conocían entre sí, esas historias necesariamente trascendían y eran sabidas por muchos, aunque ni siquiera hoy, a pesar de haber pasado tantos años, se habla de frente sobre ellas.

A unos de esos jóvenes, de un momento a otro los empezaban a ver en la calle andando con los paramilitares. A otros los encontraban sentados en las esquinas conversando con ellos o hasta tomando cerveza juntos.

Entonces el cuento se regaba y la familia del nuevo paramilitar, del nuevo victimario, era marcada por la comunidad y quedaba estigmatizada.

“Una vez le pregunté a mi hermano qué iba a pasar con nosotros y él me respondió que no nos podían hacer nada. Entonces yo me reí –cuenta el hermano de aquel joven que iba a tumbar la puerta a bala si no le abrían cuando regresara–. Lo más duro es que la gente lo señale a uno por cosas de las que no tiene la culpa”.

“Algo que uno también siente es el rechazo, pongamos el caso, de los amigos: ellos solamente por ese hecho se alejan. Uno tiene que sacar valor de donde no lo tiene porque es muy duro que lo tilden de algo de lo que uno no tiene la culpa, aunque indirectamente nosotros estábamos involucrados en el conflicto. En Alejandría hay historias patéticas, por ejemplo, de papás que los mataban los paramilitares y los hijos arrancan para las filas de ellos”.

Los casos de ese estilo fueron varios y todos tocaron fuerte el corazón de esa comunidad tradicional, conservadora, católica.

“Hubo personas que viendo que un grupo les mató a sus familiares o amigos, resultaban involucrados con ellos, hasta enamorándose de personas de ese grupo que mató a sus seres queridos… Había unos enredos, unas cosas personales tan tristes que uno veía”, cuenta el padre José Leonardo Ospina Giraldo, párroco de Alejandría en esos años de la violencia.

El sacerdote trata de explicar esas relaciones desde el vacío espiritual de aquellas personas: “Parecía no haber nada por dentro de ellas, como que tenían unos vacíos enormes… Fue gente que se volvió más un ser en la miseria. Eso podía dolerle mucho más a una mamá, a un papá o a un hijo que se viera metido en esa situación”.

Esto último lo corrobora el hermano de aquel joven paramilitar: “A mí lo que más me atormenta es que él se haya metido con gente del pueblo, con personas que uno distinguía y eran conocidos de toda la vida; que se haya dejado involucrar por nada porque al final esos pelaos hicieron de las suyas y prácticamente todos están muertos. Uno queda muy dolido más por la otra gente que por uno mismo”.



La caída en desgracia


Aquel joven que desvió su rumbo cambió también el de su familia, según el relato del hermano:

“Nosotros alcanzamos a darnos cuenta porque a él y a un amigo los reclutaron los paramilitares. Los convencieron y nosotros hicimos todo lo posible para que nos lo devolvieran y así fue, nos lo regresaron. Al principio como que les pagaban y les daban un salario

Cuando ellos se fueron la primera vez supimos dónde estaban y hablamos allá para que nos los entregaran y efectivamente nos los trajimos. Otra persona fue a hablar con ellos, volvieron para la casa y eso se quedó así.

Mi hermano siguió en el pueblo; en ese momento los paramilitares no habían llegado a Alejandría. Nosotros supimos que volvió con ellos cuando se presenta la primera masacre en mayo de 1999 y matan a cinco personas. Arriba de la casa de nosotros dejaron tres muertos y por la salida para Santo Domingo otros dos. Yo me di cuenta después porque él como que ya sabía que eso iba a pasar, pero nunca nos dijo nada.

De pronto empezó a llegar tarde, a salir de noche, a tener armas. Ahí fue donde confirmamos que había caído otra vez. Desde ese momento empezó a tomar mucho licor, ya se había descuadrado del todo.

Mi hermano seguía ahí y le decíamos que se fuera, que no lo queríamos ver más en la casa, que nos estaba haciendo mucho daño y no hizo caso. Más fácil nos tuvimos que ir nosotros para Medellín y pasar por cosas tan difíciles como las que pasan las demás personas que han sido desplazadas.

Cuando nos fuimos, él ahí mismo arrancó. Estuvo muy de buenas porque no lo mató la gente con la que él andaba, ya que lo iban a matar por desordenado y porque se le estaba yendo la mano. A él lo mataron en agosto del 2000 en un enfrentamiento que tuvieron con la guerrilla ahí cerquita al pueblo.

Para uno es muy difícil decirlo, pero cuando nosotros supimos que lo habían matado, como que descansamos. Yo digo que a mi hermano se lo llevaron ligero porque yo sé que mi mamá le pedía todos los días a mi Dios que se lo llevara. Ella no quería saber que uno de sus hijos estaba haciendo daños. A partir de ahí nosotros tuvimos un poco de tranquilidad”.


Incertidumbre que no termina


Una tranquilidad que siempre ha sido parcial, extraña, porque él y su familia saben que en el municipio aún viven personas a las que su hermano les hizo daño. Por eso su regreso ha sido lento, apenas empezó hace poco.

Unos les han dicho que estén tranquilos porque no fue cosa de ellos y entienden que el causante de los males tenía nombre propio y además ya no está. Lo que piensan los demás, no lo saben.

Eso de que hijos del pueblo hayan sido los asesinos de otros hijos del mismo pueblo, no deja de causar pesar y de ser incomprendido, aún hoy, en Alejandría.





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