jueves, 26 de febrero de 2015

Los asesinatos a pleno día y en frente de todos

El momento en que el pueblo estuvo controlado por los paramilitares, principalmente entre los años 2000 y 2001, los asesinatos, amenazas e intimidaciones eran incluso a pleno día y delante de quienes estuvieran en la calle, sin importar de quién se tratara.

Esa presión y otras formas de control afectaron por igual a todos habitantes y motivaron a personas que ni siquiera habían recibido amenazas directas –como quien cuenta esta historia y solicitó no decir su nombre– a dejar el pueblo y continuar la vida en otro sitio.


No importaba que estuviera de día o que hubiera personas en la calle: muchos actos violentos
se cometieron ante los ojos de todos.

“Nos tocó tener la presencia de esos grupos ahí al pie de la casa. Ellos miraban pa’ arriba y pa’ abajo a ver quién pasaba, detallaban a la gente. A nosotros nunca nos llegaron a pedir vacuna, pero sí nos amedrentaban: cuando íbamos a salir de la casa teníamos que pedirles permiso porque estaban parados en las puertas. Uno tenía que salir por en medio de dos o más hombres que muchas veces estaban armados.

Una vez estábamos el padre de la parroquia y yo en la puerta de mi casa, cuando él me va diciendo: ‘Por allá vienen los malos…’ También venía una señora que me vendía a mí los huevos. Cuando nos entramos y nos asomamos al balconcito, uno de esos uniformados que venía por la calle sacó el arma y le disparó a esa señora.

El padre se quedó en el balcón y yo le dije: ‘¡Éntrese!’, porque ahí mismo siguieron andando como si nada. Ellos subían, la señora venía e iba a entrar a una tienda cuando en la mitad de la calle le dieron tres tiros y ahí quedó ella. Venía con una ollita en la que compraba la leche y ahí quedó tirada. Se llamaba Nubia, trabajaba en una casa de familia en el pueblo pero era muy conocida, del campo y todo, vendía huevos y hacía aseo en las casas.

Eso pasó a las diez de la mañana. En ese entonces yo hacía parte del coro con una amiga, a ella en otra ocasión le dieron un tiro en un pie pero no la mataron, le partieron la pierna. Los dos tipos pasaron por mi casa, voltearon y siguieron, entonces el padre les gritó desde el balcón: ‘¡Cobardes, descarados, cobardes… cómo se les ocurre hacer eso!’ Ellos miraron y gritaron: ‘¡Listo padrecito!’ Ese padre se le medía a lo que fuera, él se llamaba Nelson.

Esa gente desde la esquina no podía ver a nadie por ahí. Cuando nosotros hacíamos una reunioncita entre dos o tres personas, nos decían: ‘¿Qué es lo que hablan ahí, chismosos? Se entran si no quieren que les callemos la boca’.

Una vez un vecino estaba tomando tinto en una heladería con amigos y le empezaron a gritar que qué tanto hablaba ahí, que no sé cuántas cosas, que si quería que le sellaran el pico... Ellos frenaban a cualquiera, muchas veces bajaban a la gente de los buses y los mataban, se subían al carro y donde querían se bajaban y le daban a cualquiera”.


Por unos segundos


“En Alejandría se moría una persona y la gente no sabía dónde meterse del miedo. Una vez en diciembre mataron a un muchacho que yo conocía. Resulta que le dieron un tiro en la mejilla y le despegaron la quijada, él iba con la boca abierta, botando sangre y a mí me tocó cogerle el sombrero. Entró al salón de la casa pegado de las paredes y ese lugar me tocó lavarlo a la una de la mañana.

Esa noche nosotros veníamos de la novena de una señora que había muerto por ahí, yo venía con él y me dijo: ‘Yo me quedo aquí que voy a buscarle unas piedritas a Nena para organizar el pesebre’. Entonces le respondí que bueno.

Yo seguí y entré a mi casa. Cuando subí las escalas oí unos tiros y bajó un muchacho diciendo: ‘¡Ay, lo mataron!’, y yo dije sorprendida: ‘¿Cómo?, si venía ahora conmigo’. La casa de él era enseguidita de la mía y yo entré. Al parecer se quedó cogiendo las piedritas en un zaguán que había en un rastrojo. Ahí como que lo estaban esperando. Qué tal donde yo me quede ahí esperando a que él recogiera las piedritas…

A él lo recogieron vivo, se lo llevaron y en el hospital se murió. Cuando subieron con él, nadie se atrevía a amarrarle la mandíbula porque quedó todo desfigurado, con la quijada caída y como mirando para arriba. Yo le cerré los ojos y le ajusté la boca… es que yo no le tenía miedo a los muertos.

Eso pasó como a las nueve de la noche. Desde esa hora nosotros estuvimos tirando agua de adentro hacia afuera para que saliera ese sangrero y se hacía ese arroyo de sangre por la calle, era horrible. Ya como a las diez u once de la noche volvieron a subirlo ya muerto”.


En permanente zozobra


“Por todo eso nosotros no dormíamos bien, ya uno era pendiente de qué más iría a pasar. Lo único que hacíamos era rezar, íbamos para misa y teníamos que coger a nuestros muchachitos para que no se despegaran, que estuvieran al pie de uno para la hora en la que le tocara correr. Uno era una constante zozobra.

Era tanto lo temerosos que estábamos que cuando nos acostábamos y las cosas empezaban a sonar por el viento, a veces nos parábamos detrás de las puertas o nos metíamos debajo de las camas.

También era un miedo esos helicópteros que daban bala. Alejandría tiene muchas montañas y uno veía helicópteros del Ejército que salían y disparaban. Una vez el niño mío estaba subiéndose a extender una ropa y tenía una escalerita. Cuando de pronto esos aparatos empezaron a disparar y desde otra vereda le respondieron. Eso se formó qué balacera… Él ahí mismo me dijo: ‘¡Ay amá, nos van a matar!’ y se tiró de allá. Por suerte era bajito, yo acaté y medio lo paré, y corrió y se metió detrás de una puerta”.


Buscar la tranquilidad en la ciudad


“A nosotros nunca nos llegaron a decir algo, jamás, pero esa gente ya nos distinguía. Cuando les pasábamos por el lado hasta nos estrujaban. Al atravesar el pueblo iban al lado de la gente y se creían los dueños de todo. Ellos no tenían el cuento de saludar ni de mirar bien, ellos eran de mirada agresiva. Por eso decidimos que era mejor irnos del pueblo.

Cuando salimos para Medellín curiosamente la vida nos cambió hasta poquito porque en ese entonces en el barrio al que llegamos, cerca de la Comuna 13, también había muchas balaceras. A uno no le tocaba ver cerquita todo eso que pasaba, contrario a Alejandría donde las balaceras si eran muy horribles. En la ciudad yo las oía y me acordaba de lo que nos tocó vivir en el municipio.

No es tan fácil la adaptación del pueblo a la ciudad por lo que cuando fuimos mi hija me decía: ‘Qué pereza, nosotros nos amargamos la vida al venirnos, vivíamos mejor en Alejandría’. Es que era muy difícil estar en la ciudad pagando tanto, con la matrícula de los niños y todo eso.

En realidad uno con miedo pensaba: ¿será que si volvemos nos hacen algo? Nosotros teníamos mucho cuidado porque decían que el que se iba no podía volver, entonces decíamos: ¿será que vamos a perder la casita?

Siempre estuvimos enterados de lo que pasaba en Alejandría porque me llamaban a decirme que habían matado a alguien para ver si iba a ir al entierro. Nosotros fuimos por ejemplo cuando la guerrilla le mató el esposo a una amiga mía: el día que nos llamaron estuvimos en el entierro.

Los paramilitares nunca se metieron a nuestra casa en el pueblo cuando nos fuimos, pero constantemente preguntaban que si la teníamos en alquiler. Por ahí los vecinos decían que no, que nosotros estábamos yendo y viniendo, que no nos habíamos ido del todo.

De Alejandría se fue mucha gente. Uff, unos se fueron para La Guajira, otros para Cartagena o Santa Marta. Toda esa gente arrancó para allá pensando en poder poner negocios y a muchos por allá los han matado.

Sobre todo en La Guajira han asesinado a mucha gente de Alejandría, quién saber por qué, a lo mejor porque eran persona de acá de Antioquia y montaban sus negocios. Muchas veces ocurría así, se iban de huida y los alcanzaba la muerte por allá”.

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