miércoles, 4 de febrero de 2015

La Costa Atlántica, destino de muchos que debieron huir desplazados


Cuenta Cruz Elena Vergara, una habitante del municipio, que desde aquellos tiempos del conflicto armado mucha gente se marchó hacia ciudades de la Costa Atlántica.

Partieron buscando una mejor vida y se chocaron de frente con otra cultura, con otros estilos de vida. En su caso, las expectativas no se llenaron y por eso regresó cuatro años después.


La Guajira fue uno de los departamentos a donde fueron muchas personas de Alejandría desplazadas 
de manera forzada. En la foto, el municipio de Uribia.


Por Jonathan Jiménez Hernández

“Yo me fui junto a mi esposo y mis dos hijos para La Guajira, para su capital, Riohacha. Estuvimos allí desde el año 2003 hasta 2007. Partimos con una plata que mi papá nos prestó, en cifras exactas, cuatro millones de pesos.

Al llegar a La Guajira nos hospedamos donde una hermana que hacía dos años estaba viviendo allá, más específicamente en el barrio La Majayura, que era prácticamente una invasión, un sector demasiado pobre.

Donde ella duramos 15 días, mientras mi cuñado nos ayudaba a conseguir una tienda que se acomodara al presupuesto que habíamos llevado. Él nos consiguió una tienda en el barrio La 41, un lugar bastante pesado porque allí vivían muchos reinsertados de mucha parte del país. Nos tocó demasiado pesado.

Fue triste porque el cambio en vez de mejorar, terminó siendo totalmente lo contrario, empeoró. Se va uno de una situación donde hay violencia y llega a una realidad donde pasa igual. Allá también veíamos esa realidad de asesinatos entre los reinsertados, esa situación generaba preocupación para nosotros.

Después de La 41, marchamos a un lugar más central, ya que en el tiempo que vivimos en la Guajira siempre trabajamos con plata que nos habían facilitado, es decir, con préstamos.

Me cansé de eso por allá, de ver que la vida también es algo desordenada, mis hijos estaban muy aburridos de estar en ese lugar de la costa y de ver que la situación era de violencia, de escenas que aquí ni se veían tanto, como por ejemplo las casas de vicio. Nooo… eso fue una cosa de locos y mis niños estaban en esa edad tan difícil, entonces yo los tenía que mantener ocupaditos: en escuelas de fútbol, en un colegio particular, había que pagarles transportes. A eso hay que sumarle el arriendo.

Fue cosa de locos. A decir verdad, nos fue muy regular por allá. El gobierno nos colaboró con dos ayudas humanitarias en los cuatro años que estuvimos”.


Invasión alejandrina en el Caribe


“En Alejandría todo el mundo se conoce, por eso cuando una persona se va y le empieza a ir bien económicamente empieza a llevarse a sus amigos, a jalar la gente. La Guajira está inundada de alejandrinos, medio municipio está en Riohacha (unas 600 personas, según datos de la Alcaldía).

Con la gente de allá yo pegué muy bien. Me dio mucha dificultad de los guajiros la  forma de comunicarme con ellos, ya que hablan wayuunaiki, entonces hay gente que habla las dos cosas, tanto ese idioma como el español, porque allá hay mucho indígena.

Había personas que en ocasiones se enojaban cuando iban a la tienda y uno no les entendía lo que necesitaban. Para que ellos no se enojaran yo los tomaba de la mano y les mostraba para que cogieran lo que necesitaban y ya luego les cobraba. De las cosas más difíciles fue el idioma, me dio muy duro.

En la costa tenemos demasiada gente de nuestro municipio: están repartidos principalmente en Cartagena (Bolívar) y en Montería (Córdoba), pero siendo más la población en Riohacha, esa tierra está repleta de alejandrinos”.


El regreso a la tierra natal


“Decidí volver a Alejandría en el año 2008 porque mis hijos nunca llegaron a amañarse allá. La violencia aquí ya había pasado como tal y la situación allá tampoco fue fácil, fue algo parecido a lo que fue vivir acá.

La calidad de vida era compleja. Por ejemplo, el agua va cada ocho días, uno debe almacenar el agua en pozos dentro de la tierra y esa agua no sirve para el consumo humano: cuando se abre la tapa del tanque el zancudo da miedo, gusanos, todo… y nos tocaba bañarnos así. Alejandría es muy pobre, pero la calidad de vida es superior.

No volvería a vivir en la costa, para vivir terminaría estando aquí queriendo Dios: ya mis hijos están grandes, el mayor trabaja y estudia, el menor está estudiando. Yo creo que termino de vivir mi vida acá.

Veo un municipio tranquilo, pero la situación económica está muy difícil, hay muy poco empleo, nos gusta trabajar, pero es muy poco el trabajo. Acá sobreviven bien las personas que trabajan en el hospital, en los proyectos que salen acá…

Se puede decir que sí hay algo le ha devuelto la esperanza al pueblo son las asociaciones de víctimas porque en ellas se ha venido dando un acompañamiento sicosocial y las personas se sienten que sanan su alma con ello.

Ahora bien, tenemos en nuestro departamento a una ciudad muy grande como lo es Medellín, pero la mayoría de nosotros no va allá porque la competencia para el trabajo es mucha y uno generalmente se va es a montar una tienda. Medellín tiene supermercados muy buenos, pero en la Guajira no había en ese momento, allá solo eran tiendas grandes, no había supermercados de cadena.

Hasta ahora ha regresado poca gente después de la violencia porque la situación económica de Alejandría es muy pesada, demasiado diría yo, sobrevivir acá es muy difícil. Desde que vine de Riohacha solo he recibido una ayuda humanitaria”.



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