martes, 27 de enero de 2015

“Después de 80 muertos dejé de contar”: la labor de sepultar en el conflicto

En el cementerio local aún hay cadáveres N.N. de víctimas de la confrontación armada.

Benigno Morales tiene hoy 80 años y trabajó 48 de ellos como sepulturero en el cementerio parroquial de Alejandría. Durante la época del conflicto armado fue el encargado de enterrar a los muertos.

Relata sus recuerdos de aquel tiempo en la cual su trabajo era inhumar tanto a seres queridos, vecinos y conocidos, como a los propios victimarios.



Por Santiago Rúa Correa

“A mí me trajeron en 1942 a Alejandría: tenía ocho años. Estuve un tiempito trabajando con el padre Luis Felipe Arbeláez. Después de que crecí me fui a cultivar y a jornalear al campo. Hace 60 años tener educación en el campo era muy duro, entonces cuando tuve con qué volví al pueblo y mi Dios me dio la oportunidad de ir levantando el pan y educar a la familia porque 13 hijos tuve en total.

Trabajé como agricultor, constructor, carpintero, barbero y sepulturero, que fue mi última labor. En la iglesia trabajé un tiempo moviendo techos y arreglando revoques hasta que al final terminé 48 años como sepulturero. Como lo viejo se quema o se bota, a mí me echaron por viejo, sin más ni más.

A mí me tocaba decirle al padre que no era capaz de hacer ciertos trabajos porque después iba yo y me moría más rápido que el que estaba enterrando. El pago no me lo daba la Iglesia sino las familias de los difuntos”.

Sepulturero de un pueblo común


“Yo comencé a trabajar en esto en 1962. Antiguamente moría poquito adulto, los que más fallecían eran los niños porque en esa época no había tanto servicio de hospitales como hoy día. Los médicos eran lo que llamaban ‘yerbateritos’. Había que ir hasta Guatapé o a La Concha (municipio de Concepción) para poder conseguir droga buena. Morían más que todo de parásitos, fiebres y esas cosas.

No era tan horrible como en las épocas de la guerra, pero igual la violencia nunca ha dejado de existir. Violencia ha habido siempre desde que mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Pero la muerte de un niño duele más que la de un adulto porque el niño es una criatura inocente.

El cementerio lo construyeron más o menos en el año 50. El camposanto antiguo quedaba por donde queda la escuela. En esa época se enterraban en tierra porque las bóvedas no existían.

Como Alejandría es un municipio tan pequeño, Benigno prácticamente conoció a todos los paisanos que le tocó enterrar.

Nunca trabajé en la noche. Si por la noche había un muerto, entonces madrugaba al otro día y hacía mi trabajo. Y tampoco colaboré en autopsias ni arreglando cadáveres”.

Sepulturero de un pueblo en conflicto


“La violencia brava comenzó en el 98. Había uno o dos muertos cada semana, más o menos. Aquí no hubo sino tres veces que en la semana fueron de a cinco y de a siete muertos. Eso fue muy horrible porque la gente iba al campo y de regreso a la casa los mataban.

Al pueblo venían y tocaban la puerta por la noche preguntando por alguien: ‘Venga, salga… vamos a conversar…’ Y la conversada era que lo mataban ahí afuerita. Eran épocas en las que a las 7 de la noche ya había que cerrar las puertas y ventanas porque no se podía salir.

Entre 2002 y 2003 fue que todo se puso peor. En una zona que se llama Fátima, y que pertenece a Concepción, mataron como a cinco y tiraron a varios al río.

Otra fue en una vereda que se llama San Lorenzo: allá estaban unos trabajadores sacando caña y cafecito; se entraron y los mataron a todos. A unos los encontraban en el lugar, a otros a los cinco días, tirados lejos, o algunos sobrevivían pero quedaban muy heridos y morían a las horas. Por eso de una sola matanza en una semana se recogían seis o siete cuerpos.

A Alejandría llegaron cuatro grupos: Farc, Eln, paramilitares y autodefensas. Eran tantos que uno no sabía cuál era cual y qué era lo que querían, y en esa época el refuerzo militar era muy poco.

Muchos comían carreta de uno o de otro grupo porque prometían cosas, entonces algunos les colaboraban, y a otros los obligaban, y después los otros se enteraban de que esos les estaban ayudando y ahí era que pasaban esas cosas tan verracas.

En este pueblo todos se conocen con todos. Eso era preciso lo más difícil cuando tocaba trabajar en esto mío. Yo saludaba a alguien, le compraba algo a algún conocido en una tienda o simplemente me tomaba un tinto con un amigo, y al otro día me avisaban que tenía que ir a cavarle su hueco porque lo habían matado. Era muy duro y uno no se explicaba por qué estaba pasando todo eso.

Yo llevé la cuenta hasta 80 muertos, tanto del pueblo como de los armados de los grupos que morían. Esos últimos no se sabían quiénes eran o de dónde venían; incluso las mismas autoridades me decían que en la lápida solo les pusiera la fecha y de resto N.N.

Más adelante, cuando se sacaron esos restos sin identificar, el mismo Municipio desocupó las bóvedas e hicieron un osario común. Después de 80 muertos, como le digo, dejé de contar”.

Cara a cara con los armados



Hasta marzo de 2014, Benigno Morales fue el sepulturero de Alejandría.

“Nunca me pasó que alguno de esos grupos llamara a avisarme si al otro día iba a haber muerto o no, pero sí tuve la oportunidad de conversar con ellos.

La primera vez fue con las Farc: yo estaba en el campo sembrando una cosechita de maíz, en marzo, y unos muchachos se me acercaron a preguntarme si eso era mío y me dijeron que venían a colaborarles a los campesinos. Y el modo de colaboración era que si uno tenía problemas con vecinos, les dijera para que ellos arreglaran.

Yo les decía que no podía hacer eso porque después iban y mataban a alguien. Ellos me contestaron: ‘Ahhh señor, si todo fuera fácil entonces no habría problemas’.

Más adelante fue con los ‘elenos’. Por allá en el 2002 se me acercaron para preguntarme que si yo iba a votar en las elecciones. Yo les contesté que nunca había dejado de votar desde que tenía cédula. Ellos me contestaron que no iban a dejar que nadie votara.

Otro día fui del pueblo a la tierrita que tengo en la vereda Tocaima, aunque acá me decían que eso estaba muy peligroso y que no fuera por allá. Pero yo decía que para que me mataran no tenía ni que salir del pueblo porque de por sí, acá ya había pasado de todo.

Entonces fui y me encontré con los paramilitares y me preguntaban lo mismo, que de dónde era y para dónde iba o si había visto algo raro. Yo les dije que lo único raro que había visto era esa guerra entre ellos, pero que nunca sabía cuál era el uno y cuál era el otro. Entonces ya empezaron a explicarme: que unos eran las Fuerzas Armadas Revolucionarias, otros el Ejército de Liberación Nacional, otros un grupo del Magdalena Medio y otros de Urabá.

Con las Auc (Autodefensas Unidas de Colombia) fueron los últimos con los que me encontré. Me hicieron las mismas preguntas y yo les dije que la vida del campesino estaba muy dura porque si uno le daba una comida o ayudaba a un grupo, ya se sentenciaba con el otro.

Entonces ellos me explicaron que si yo decía la verdad, nada me pasaba, si no que ellos tenían que ser así porque ya habían comido carreta de alguien que les había dicho que no había visto nada pero tenía guerrilleros escondidos en la casa, entonces les tocó ir a acabar con todo. Yo les volví a repetir que preciso por eso la vida en el campo estaba dura”.

El combate de La Inmaculada


“Lo que pasó en esa vereda en agosto del 2002 fue la cosa más brava que hubo acá en el pueblo: se enfrentaron las Farc y las Auc, y la mayoría de muertos fueron de esos grupos. Nunca se supo cuántos murieron de cada bando porque las autodefensas se llevaron los cadáveres de los suyos y de los guerrilleros la mayoría quedaron ahí tirados.

Había tantos restos que el Municipio mejor hizo un camposanto en el lugar para no tener que mover todo eso al pueblo. Y ya tiempo después, cuando la gente volvió a habitar la vereda, encontraban huesos y partes de cuerpos regadas por ahí”.

Volviendo a la tranquilidad


La más difícil época en sus 48 años de trabajo
fue el período de la violencia generalizada.
“Acá sólo hubo paz cuando Álvaro Uribe fue presidente. Él se hizo muy conocido en Alejandría cuando construyeron el hospital y después reforzó mucho la seguridad. Entonces había Ejército en las carreteras día y noche, eso hizo que los grupos se perdieran por miedo y poco a poco volvió la normalidad.

Apenas dejé de trabajar como sepulturero ahora en marzo pasado. De mis hijos tuve religiosos, profesores, profesionales, pero nunca quise que alguno me ayudara con el trabajo mío. Y la verdad, no es un trabajo que me haga falta.

Gracias a Dios tampoco tuve que enterrar a ninguno de mis seres queridos a causa de ese conflicto.

A mí la gente me pregunta mucho que si no me daba miedo o si había espantos. Yo digo que al que hay que tenerle miedo es al vivo y la única manera en que el vivo puede estar tranquilo es que haya la paz, para que no se repita esa época que acá fue muy dura.

En ese tiempo si usted me respetaba, yo también, pero si había un problema entonces usted buscaba la forma para que yo no lo jodiera más. Hoy día ser campesino es muy sabroso y el pueblo está muy bien.

La vida es como un árbol: si uno le pone fundamento debe esperar producido, pero si no le pone fundamento entonces el árbol se le va a volver nada”.



Testimonio entregado en agosto de 2014


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