martes, 20 de enero de 2015

“Decidí irme cuando los paracos empezaron a conquistar a mi sobrina”


En la época en que las autodefensas tomaron el pueblo y lo controlaron casi por completo, comenzaron situaciones muy complejas para algunas familias; por ejemplo, cuando esos hombres se enamoraban de alguna mujer. Una madre de familia –cuyo nombre se guarda por petición suya– relata un caso de ese tipo.



“Mi sobrina era bien avispada [inteligente] y muy bonita. Llegaba del colegio, se paraba en el balcón y esos grupos [paramilitares] ya estaban metidos en el pueblo. Le decían que bajara para que hablaran o veían al hermanito y le decían dizque: ‘Ay, vení, vení llevale saludes a tu hermanita, decile que cuándo vamos a salir para que nos tomemos un fresquito’.

Ellos se ponían a bailar en una heladería que había al frente de mi casa y desde allá eran convidando a las mujeres y si no iban a bailar, les chocaba. Tenía que estar uno con la muchacha: ‘¡Ve, entrate, no le parés bolas a fulano, no te dejés ver de esa gente!’. Ellos las convidaban y las convidaban. Hubo niñas que las sacaron así y de esa manera fue como las mataron: estuvieron bailando con ellas y luego les pasaba alguna cosa.

Por ejemplo, lo que le pasó a las mellizas fue a las cinco de la mañana. Recuerdo que de pronto nos dijeron que habían mataron a una melliza. La mamá de ellas estaba llorando y decía: ‘Ay, mis muchachas’. Era de cabello largo tirado para un lado. Cuando la vi muerta estaba en la camita acostada y el pelo le caía al piso… le dieron en la cabeza.

Eso pasó en la casa de ella y por eso fuimos ahí mismo. Vivía en una faldita arriba de mi casa. Yo dije: ‘Cómo así que mataron esa niña, venga vamos’, pero mi esposo me decía: ‘No vaya por allá’. Y yo: ‘Ah, yo sí voy’. Es que siempre me iba a ver esos muertos y a ver el levantamiento.

Nos fuimos a mirarla y nos van diciendo que la otra estaba muerta por allá tirada. Resulta que dejaron una en la casa y a la otra se la llevaron. Cuando vimos de la carretera para abajo, estaba tirada en un rastrojo, el pelito corría por esa manga.

No se sabe por qué las mataron, dicen que a la niña que estaba por allá tirada la habían violado. Ella tenía abierto el cierre del pantalón y estaba toda mal vestidita. La de la cama estaba ahí con la ropita. Nosotras vimos cuando hicieron el levantamiento y dañaron como la luz, porque no tenían, fuimos y alumbramos con linternas. La casa era muy oscura, entramos y ella estaba cobijada ahí.

No sabemos si hubo más casos así. Yo sé que mataron niñas, jovencitas, no solo en Alejandría sino también en La Concha [municipio de Concepción], otro pueblito vecino.

Los paramilitares eran más que todo jóvenes. Llegaban jefes viejos y conquistaban a mucho muchacho, a jovencitos del pueblo que se metían: muchos pelaos de Alejandría mismo terminaron siendo paramilitares”.


En el bando contrario


“Había un ahijado mío que era guerrillero, pero nosotros nunca supimos que ese muchacho pertenecía a ese grupo ni teníamos ni idea de las cosas que hacía. Él se mantenía convidando a mi hija a salir, pero ella nunca aceptó. Yo incluso le lavé ropa común y corriente que me llevaba. Nunca llevó prendas sucias así como para decir que venía del monte. De pronto ensangrentadas, sí.

Nos dimos cuenta al tiempo porque un muchacho me dijo: “Ese hace por ahí más de cinco meses que está metido en la guerrilla”. Entonces le respondí: ‘¡No me digás; cuando pase, no le paremos bolas’. Mi hija me decía: ‘Ma’ por ahí está él’. Yo le contestaba que no se dejara ver de ese muchacho porque se entraba a la casa y seguro nos metíamos en un problema con los paracos.

Mientras él estuvo en el pueblo nunca se dejó ver de los paramilitares. Mi esposo me decía: ‘Hoy estuvo por allá, está todo peludo, todo barbado, todo raro’. Resulta que arrimaba por ahí a saludar a mi esposo: lo saludaba desde afuerita, pero volvía y se iba.

Cuando estábamos viviendo en Medellín fue que nos dijeron que lo habían matado cerca de Alejandría. Él nunca volvió porque lo desterraron del pueblo. Lo mataron en una vereda llamada San Pedro. A mí me tocó ir al entierro en el municipio de Bello porque allá estaba viviendo la mamá”.


Mejor irse…


“Decidimos irme para Medellín cuando los paramilitares empezaron a conquistar a la sobrina mía. El padre de la iglesia fue uno que me aconsejó, me dijo: ‘Váyase, bregue a irse de una vez’.

Nosotros habíamos comprado una casita en Medellín con segunda intención. Mi esposo decía: ‘Yo me jubilo y me voy de acá, pero primero hago una casita en Medellín. Nosotros de aquí no podemos irnos sin saber en dónde nos vamos a meter’. Él compró la casita en julio y en diciembre nos fuimos del pueblo, aprovechando que mi hija estaba ya en la ciudad hacía más de un año.

Para mí fue algo muy duro haber tenido que dejar el pueblo. Todos me decían: ‘No te vas, no nos olvidés’. Y yo les contestaba: ‘Yo sigo volviendo, aquí tengo mi casa’. No me llevé todas las cosas, nosotros amoblamos la casa en Medellín y dejamos mucha cosa en Alejandría.

Cuando nos fuimos, los paramilitares empezaron a preguntarle a mucha gente las razones de nuestra partida. A nosotros siempre nos dio miedo pues si se daban cuenta que la gente se iba huyendo de ellos, también a lo mejor nos perseguían”.


Testimonio entregado en mayo de 2014




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