lunes, 1 de septiembre de 2014

Una historia de todos los vejámenes



Lo que le pasó a la familia de María del Socorro Calderón Morales refleja también lo que le sucedió a decenas de personas en los momentos más aciagos de la vida del municipio.

Fueron víctimas del asesinato y la desaparición forzada, el robo, la intimidación, una falsa información, el desplazamiento forzado… padeció además del bloqueo en las vías y los intentos de utilización de un hijo por parte de dos grupos armados.

Esta mujer nació y se crió en Alejandría. Se dedica a la agricultura y a sacar adelante a su familia. Este es su testimonio.


Por Viviana Ruiz Ruiz

“A mi esposo lo mataron el miércoles 3 de mayo del 2000. Ese día asesinaron a cuatro: tiraron dos al río y quedaron otros dos en la carretera. A esos dos los paramilitares no los dejaban sacar de allá, de la vereda El Respaldo, y al que intentara salir lo mataban. Los muertos permanecieron tres días en la carretera.

Yo me quedé esos tres días sola en la finca porque gracias a Dios no tenía a mis hijos allá, si no me los hubieran matado. Yo tenía a tres de mis hijos en Medellín y a los otros dos estudiando acá en Alejandría”.

Una confusión


“Por mi esposo no iban, iban por otra persona, por un hermano de él. Los paramilitares fueron por el hermano de mi esposo a la casa. La primera vez que llegaron él no estaba, entonces le preguntaron a una de las hijas que dónde se encontraba. Ella les dijo que él estaba en Mangalarga con las otras hijas y la señora, y que en la casa solo estaba ella y muchos niños chiquitos.

Los paramilitares se devolvieron, pero el comandante les dijo que regresaran por mi cuñado. Así fue, volvieron todos bravos, cogieron a la muchacha, la obligaron a arrodillarse y le pusieron un revólver en la cabeza para que dijera la verdad. Ella les dijo que no la mataran, que el papá no había hecho nada.

El problema comenzó porque supuestamente allá llegaba la guerrilla y las nueve hijas de él se ennoviaban con ellos, como dicen las viejitas. Allá se quedaban varios días y una de las hijas se unió a ese grupo armado.

La muchacha les dijo: “Mi papá no tiene ninguna hija en la guerrilla, ni la guerrilla está acá, es otro señor”. Ahí mismo arrancaron por él.

De subida, muertos de rabia, agarraron a mi esposo, lo amarraron y lo subieron a mi casa porque él estaba haciendo una vueltecita abajo. Le decían “perro” y le daban con la peinilla del machete en la espalda. “Que con las hijas durmiendo con los guerrilleros y dándoles gallinas…”, le gritaban.

Mi esposo trataba de defenderse y les decía: “Vea, yo solo tengo una hija mujer y cuatro hombres; mi hija no vive con nosotros, ella vive en Medellín y nunca ha tenido contactos con la guerrilla”.

Nosotros en ese momento estábamos jóvenes, teníamos en Medellín al hijo mayor, a la hija y al cuarto muchacho; los otros dos estaban aquí estudiando en el pueblo. Nosotros estábamos solos en la finca.

Ellos le daban y le daban a mi esposo, entonces lo mandaron a coger unas cosas porque además de que se lo llevaron, también nos robaron: nos quitaron el mercado, las alhajas, la plata, el televisor… se llevaron mucha cosa”.

Un camino de muerte


“A mi esposo se lo llevaron para la carretera y lo sentaron un rato mientras recogían a los otros. Luego los mataron a todos. A él lo tiraron al río y en este momento está desaparecido.

El viernes siguiente a la muerte de mi marido, por la tarde, bajó una señora que trabajaba en el teléfono de la vereda y me dijo:
-       Socorrito, ¿usted quiere irse para el pueblo?
-       Si hubiera forma de irme… pero cómo me voy a ir, viendo que no dejan pasar, ¡me matan! –le respondí.
-       No Socorrito, es que viene una volqueta por los muertos, si usted quiere se puede ir ahí. –Yo ahí mismo arranqué.

Yo llevaba desde el miércoles sin bañarme ni cambiarme. Estaba toda despelucada porque tenía el pelo sin motilar. Yo era como volando, a mí no me importaba nada, era como en otro mundo.

A mí no me importó con tal de que me sacaran de allá porque mi hijo me llamaba desde el pueblo y me decía: “¡Mamacita, si usted no se viene yo me voy a ir por usted!”

Él se había venido de Medellín para Alejandría a esperarme, pero del pueblo no me lo dejaron pasar. Entonces yo le dije: “Yo me voy”, porque sabía que si mi hijo venía a buscarme, lo mataban.

Me monté en el volco con los muertos, que ya estaban podridos, y eso más me enfermó...”

Jamás hubo interés en la venganza


“Los paramilitares nunca me dieron la razón por la cual mataron a mi esposo, pues ellos traían una lista y según eso mataban a este o al otro: llegaban de una y les iban dando.

Por ejemplo, cuando sucedió lo de mi esposo, yo lloraba suplicándoles que no lo mataran, que él no tenía contactos con la guerrilla ni con nadie; era la verdad, nosotros éramos muy sanos en la vereda. La guerrilla sí iba porque uno sabía a qué partes llegaban, pero escasamente mataron a dos personas, la guerrilla nunca nos hizo nada a nosotros en particular.

Bueno, ya me quedé en el pueblo como un año. En ese entonces uno de mis hijos sacó grados, en el 2001. Él comenzó a trabajar con un señor que hace casas, un oficial de construcción. Una vez se fueron para una vereda a hacer una construcción y apareció la guerrilla en donde estaban. Uno de los guerrilleros, que no era de la vereda pero nos distinguía, le dijo: “Vámonos para el monte a vengar la muerte de su papá y nos enfrentamos con esos perros”.

Mi hijo les respondió que no y que no, que qué se ganaba él, entonces le contestaron: “Mañana volvemos a ver qué ha pensado”.

Al otro día aparecieron los mismos guerrilleros. En esa ocasión yo me había ido con mi hijo y el oficial a hacerles de comer. En ese entonces la vereda El Respaldo estaba muy caliente, muy peligrosa, porque en toda esa zona estaban matando a mucha gente. Cuando empezaron a hablar, esos señores le dijeron: “Esta es la segunda vez que venimos, piénselo: se va con nosotros o lo pelamos a usted”.

Mi hijo y el oficial se fueron para mi casa. Yo en ese momento estaba descargando las vasijas cuando llegaron a la carrera y mi hijo me comentó:

-       Mami, arregle que nos vamos.

-       ¿Para dónde? –le pregunté.

-       Para el pueblo.

-       ¿Y por qué?

-       Esa gente viene y me van a matar…

-       Vámonos –le contesté.

Ahí mismo arrancamos por esa carretera. Eso es muy lejos, son cuatro horas de camino a pie.

Cuando llegamos al pueblo me di cuenta de que los paracos comenzaron a decirle a mi hijo menor que fuera a hacerles mandados. Él les respondía que no, entonces ellos le dijeron: “Haga mandados o le damos una maderiada”. A raíz de aquella situación tuvimos que mantener a los niños encerrados.

Diez años fuera del municipio


Un día le dijeron a mi hija en Medellín que el papá estaba en tal parte, que estaba herido, entonces se vino para el pueblo y nos fuimos a buscarlo. Lo buscamos el lunes, el martes, cuando al miércoles, que volvimos a salir, una señora me dijo: “Socorro, ¿usted qué está haciendo por aquí?, a usted la están buscando para matarla con hijos y todo”. Ahí mismo me vine a la carrera.

Hablé con los profesores para sacar a mis muchachos del colegio y ellos me dijeron: “No doña Socorro, váyase para Medellín o para donde usted quiera, pero váyase que la matan. Hágale tranquila que nosotros le mandamos los papeles para sus hijos”.

Así sucedió. Yo me fui, me encerré en la casa con mis hijos y al otro día madrugué. Ahí fue cuando me desplacé para Medellín. Eso ocurrió como en el 2002 y me quedé allá hasta el 2012 que ya me devolví para Alejandría. Regresé sola porque mis hijos ya tenían su casa y su trabajo allá en la ciudad”.


Testimonio entregado en junio de 2014


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