lunes, 1 de septiembre de 2014

Una atroz muerte, solo por regalar unas yucas


“Mi esposo era un hombre que iba de la casa para la misa y de la misa para la casa. Él no se fumaba un cigarrillo, bajaba al pueblo, mercaba y volvía con la comida”: Alba Inés Franco Castaño.

Después de 45 años viviendo en Alejandría, el panorama de Alba Inés Franco Castaño cambió totalmente por la violencia. Había levantado su hogar al borde de la carretera de la vereda El Remango (municipio de Concepción) y con su esposo y cuatro hijos trabajaba la minería en los ríos.

En el año 2002 el conflicto armado llegó a su casa. Una mañana, como de costumbre, su esposo salió a trabajar pero paramilitares lo esperaban a la vuelta de la vivienda. Se lo llevaron y lo torturaron hasta acabar con su vida.

La sevicia al asesinar fue otra de las estrategias que utilizaron los grupos armados, en especial los paramilitares, para causar terror en toda la población.



Por Viviana Ruiz Ruiz

“Cuando yo me desplacé lo hice con mi esposo, Luis Arnoldo Monsalve Morales, en la época donde ocurrió toda la violencia por la vereda El Remango. Por él habían bajado preguntando como a la una de la mañana. Yo oí un run run (comentario): “Doña Alba, están preguntando por su esposo”. Yo fui, le conté y ahí mismo nos volamos para San Vicente y nos quedamos como un año allá.

Nos estábamos muriendo de hambre, mis niños lloraban del hambre que tenían y yo sin saber qué hacer. Sobrevivimos porque por allá me regalaban unas papitas para hacerles miguitas.

Una vez yo le dije a un señor de por allá que me diera permiso para poder vivir en su casa. Él me dijo que sí, que afuera no me dejaba y que me entrará con mis cuatro niños… muy querido el señor.

Mi esposo y yo mirábamos y mirábamos el televisor, entonces le dije: “Ay, vea que ya pasó todo, todo está bien, volvamos mijo para la casa. Vea que yo estoy sufriendo mucho, estoy muy enferma, mis muchachitos están aguantando mucha hambre, yo sé que por lo menos en la finquita tenemos más valentía”.

Pero, ¡cuál finca! Cuando vinimos ya no habían plátanos, no habían yucas, no había café, eso estaba alzado horrible. En la casa se me cayeron todos los pisos por el frente, estaba muy caída.

A los tres meses que volvimos, mataron a mi esposo. Cuando eso pasó, el 3 de febrero del año 2002, era algo muy miedoso y muy triste sinceramente... él irse a despedir de mí el lunes y saber que no volvió. Eso fue lo más difícil para mí, que me quedé buscándolo tres días en el monte con los cuatro niños y no lo pudimos encontrar”.

Así pasó todo…


“Él subió a la casa como a las ocho de la mañana porque se había venido a trabajar y me dijo: “Mija, me manda el desayuno con el niño mayor”. Yo le dije que bueno. Como a las ocho y media de la mañana él volvió y se asomó por toda la casa. Yo digo que ya le habían dicho algo, le habían avisado que si no se entregaba me mataban a mí con los niños.

Él me dijo “chao, chao, chao” y a mí nunca me decía así.

- Mijo, ¿a usted qué le pasa que está como tan verde?, ¿usted es que tiene miedo? –le dije.

- No –y me miraba.

- Luis ¿quién viene por ahí detrás de usted?

- Nadie.

- ¡Pero dígame, usted está muy asustado...!

Yo me puse a llorar con los niños y me dijo: “No, sabe qué, para decirle de una vez, empáqueme el desayunito que yo me lo voy a llevar, así me toque tirarme al monte con él”. Entonces yo pensé: “Tan raro, él por qué me habrá dicho eso”.

En ese momento el niño menorcito llegó a la cocina y me dijo: “Mami, vea, mi papá me entregó esta plata y esta libreta de la cooperativa y me dijo: ‘Entréguele a la mamá estos 280 mil pesos que si a mí me pasa alguna cosa, esto no se quede por ahí escondido’.”

Entonces resulta que sí lo tenían amenazado y yo le dije:

- Ay mijo, ¿y él por qué le dijo eso?

- Ay ma’, yo no sé. Vea, guarde esto –y yo lo guardé.

Cuando él me avisó que le echara el desayuno yo se lo empaqué y ahí fue cuando me dijo tres veces “chao”. Me voleó la mano desde la sala y me dio un beso en la cara.

Como a las nueve de la mañana salió para abajo en una bicicleta, pero yo le dije: “Luis, ¿y el almuerzo?” Entonces me respondió: “No, ahorita va y me lo lleva por ahí a las doce y media”.

Me entretuve con una amiga por allá en la finca, no salí nada a esa hora y le dije toda preocupada a esa muchacha: “Ay Dora, por Dios, yo que tenía que llevar ese almuerzo, qué vamos a hacer, me va a coger la tarde”.

“No, venga que yo ahí en la casa tengo papas, arroz, una yuca y una carne, vaya llévele eso”, me contestó ella. Me fui y se lo llevé, pero no lo encontré. Cómo lo iba a encontrar si ahí mismo que él se fue de la casa lo estaban esperando a la vuelta para matarlo porque en la necropsia salió que lo habían asesinado a las 11:30 a.m. y lo enterraron de inmediato”.


El doloroso hallazgo

“Yo corría, yo andaba, lo busqué todo ese lunes y no lo encontré; todo el martes con una linterna en la noche y nada; cuando ya al miércoles lo vino a encontrar el niño por un desagüe donde estaban unos troncos con sangre. Entonces me dijo: “Eso es que mi papá está por acá”.

Preciso, lo habían tirado a un abismo y lo enterraron allá mismo. Estaba muy lejos de la carretera. A él lo metieron a un hueco y le tiraron piedras, tierra, matas de plátano y lo aplastaron con un pisón de para abajo.

Yo lo saqué en nada, mejor dicho, como en colada. A él se le puso la ropa por ponérsela, pero los pies se los quitaron quitados. Por un lado del cuerpo le echaron ácido, él estaba como todo quemado, lleno de cicatrices... él murió muy horrible.

Me lo destrozaron del todo: le quitaron los ojos, la lengua, las uñas, los dedos, los pies, le dieron un tiro silencioso en la cabeza y me lo dejaron enterrado en un hueco.

Ese mismo día se me aventó un paramilitar y me dijo: “Doña Alba, ¿usted para dónde va?”, y yo le respondí: “Voy para allí para la Alcaldía”. Me contestó: “A usted le mataron el marido ahora, pero eso sí, no vaya a abrir la jeta porque no sabe cómo le queda de gusanos”.

A mí me dio miedo y le dije: “No, es que voy simplemente a que me lo saquen de allá. Él resultó muerto, no sé y no puedo decir quién lo mató porque en realidad uno nunca sabe quién fue”.

Pero para hacerle una cosa de esas a él, tuvieron que haber sido ellos porque ¿quién más?”



La valentía de esta mujer

“Como esposa, a mí me tocó irme para el municipio de La Concha (Concepción) a decirle a la gente de la Alcaldía que por favor me sacaran a mi marido de allá, que cómo me lo iban a dejar ahí.

Ellos me respondieron que no tenían la obligación de sacarlo, si lo habían enterrado ahí era porque ahí se tenía que quedar, y yo les dije que no: “Qué pena, pero él tiene sus hijos, tiene su mujer, denme algo que yo soy capaz de irme a desenterrarlo”.

Me sentí valiente, fui y lo saque de allá y le di santa sepultura, que son las gracias que le tengo que dar a mi Diosito del cielo. Yo misma lo organicé y ahí fue cuando me di cuenta de qué cosas le faltaban. Jumm, qué dificultad para vestirlo.

Eso fue muy duro para mí porque el Día del Padre los niños lo recuerdan mucho y yo también me siento muy maluca en ese día. Yo lloré mucho. Los paramilitares nunca me dieron la razón por la cual me lo mataron.

Cuando yo ya había sacado a mi esposo, ese hombre volvió y se montó a la volqueta y me dijo: “Muéstremelo”. Yo no se lo quise mostrar porque él ya iba todo tapadito con un plástico y lo teníamos muy amarrado. Yo le dije: “No, qué pena, yo no lo puedo mostrar porque él está sin bañar”.

Como lo acabábamos de sacar, él salió muy sucio y nosotros no lo quisimos mostrar. “Si lo quieren ver, véanlo cuando ya lo tenga arregladito, pero yo ahora no lo dejo ver”. Entonces me dijo: “Sabe qué, no vaya a contar nada porque no sabe lo que le pasa a usted”.

La posible causa


“Mi esposo era un hombre que iba de la casa para la misa y de la misa para la casa. Él no se fumaba un cigarrillo, bajaba al pueblo, mercaba y volvía con la comida.

Yo creo que me lo mataron porque administraba una finquita y en esa finca, como él era tan trabajador, había mucha yuca. Un grupo de campesinos pasó por los lados de La Candelaria y le dijeron a él: “Señor, ¿nos hace un favor y nos regala unas yuquitas?”. Él no sabía que eran guerrilleros y les dijo: “De esas yucas arrancadas, escojan y llévenselas”.

Es como uno: por ejemplo, a mi casa puede llegar alguien y yo le digo: “¿Le provoca una aguapanelita o alguna cosa?” Y si me dice que sí, pues yo se la doy. Yo qué voy a saber quién es… Así le pasó a él, resulta que regaló esas yucas y un hijuemadre les dijo a los paramilitares.

Como a los dos días subieron por él y lo cogieron en el campo porque creían que le ayudaba a la guerrilla, y mentiras… Por eso me lo mataron, por regalar unas yucas”.



Testimonio entregado en junio de 2014


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