martes, 26 de agosto de 2014

Los bomberos locales atendieron el “incendio” del conflicto armado





Jairo Ceballos es un hombre de 27 años, oriundo de Alejandría. A los 17 años tuvo que alfabetizar, como todo estudiante, pero su caso fue particular porque prestó el servicio recogiendo los cadáveres de sus coterráneos, personas con las que algún día compartió en la plaza del pueblo.

Prestar el servicio social en el Cuerpo de Bomberos de Alejandría representó una labor aún más ardua de la común, pues la violencia que ejercieron los grupos armados se encargó de ponerles oficio durante años.

Jairo recuerda con impacto el primer muerto que recogió: un hombre al que los gallinazos le habían sacado los ojos y las balas le habían destrozado un pómulo. Es así como empieza una historia que, hasta el sol de hoy, retumba en su mente.




Por Manuela Velásquez Osorio

“El Cuerpo de Bomberos del municipio se fundó en 1999, éramos 29 los integrantes. En el año 2001, con la intensa violencia en Alejandría por la incursión de las autodefensas, inició también el trabajo fuerte para nosotros. Un trabajo que se vio reflejado en el rescate de cadáveres en el río Nare.

En ese entonces llegamos al punto que muchos familiares de las víctimas nos decían: “Vamos a sacar a tal cuerpo que lo vieron en tal parte, o venga que lo amarraron…” Entonces la función era esa, ayudarle a la gente.

En la vereda La Inmaculada, por ejemplo, hubo un enfrentamiento que duró entre 3 y 8 días donde autodefensas y guerrillas: se enfrentaron, hubo muchas bajas de combatientes.

En esa vereda hay un camposanto cerca de un árbol que por los impactos de bala es un recuerdo de la violencia. Allá se enterraron 26 personas que eran N.N., personas que se encontraron en los caminos que conducían a la vereda El Cerro.

Tengo la imagen muy clara de dos niñas, incluso bonitas, que estaban incineradas de la pelvis para abajo. Estaban cogidas de la mano, con las uñas pintaditas, excepto la uña con la que jalaban el gatillo. Esas dos niñas estaban minadas; lo supimos por el CTI (Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía) que entró con un esquema de seguridad muy fuerte por lo que era zona minada.

Esa imagen nunca se me va borrar porque son de esas cosas que uno dice ¡hasta dónde llega la guerra! Aparte de que las matan, las incineran y las minan como para acabarlas de desaparecer. Ellas tenían aproximadamente unos 17 o 18 años.

Fueron muchas las víctimas que sacamos de las veredas El Cerro, San José, La Inmaculada y Cruces. Esas fueron las zonas rurales más afectadas por la violencia”.

Una labor muy intensa


“Éramos el único organismo de apoyo para el municipio, de hecho los únicos que podíamos entrar a las zonas a sacar los cadáveres. Las autodefensas nos daban el permiso para entrar, a veces sí, a veces no.

Días después del enfrentamiento de La Inmaculada nos fuimos a sacar ocho cadáveres de personas de esa misma vereda que fueron degolladas. Tengo una imagen que nunca se me va a borrar: una persona que tenía 27 puñaladas, con un tiro de gracia y degollado. Esos recuerdos no se olvidan…

Ese día salimos del pueblo a las 5 de la mañana y a las 8 de la noche estábamos apenas entrando al cementerio a descargar a esas personas que ya llevaban cuatro días muertas. Estaban bastante deterioradas, aparte había que sacarlas del monte con palancas, luego las metíamos en bolsas, las poníamos en un palo para cargarlas y así las sacábamos de allá: era un trabajo muy fuerte.

Más o menos en 2001, en la vereda Tocaima, secuestraron a dos policías, uno de ellos compañero de estudio que a los días apareció muerto. Fueron tres compañeros a rescatarlo, entre ellos don Glicerio Zuluaga, un obrero de la Alcaldía, quien pisó una mina y llegó acá al parque con el pie colgando. Se lo tuvieron que amputar, y aunque tiene prótesis, esas secuelas nunca se le van a borrar.

También me tocó la muerte de un gran amigo por la calle del hospital, un 9 de diciembre. Era casi mi hermano. Lo mataron y lo tiraron a la quebrada. De hecho, me tocó irme unas semanas del pueblo porque estaba el mensaje de que los próximos éramos mi tío y yo.

El sentimiento, el dolor de tener que ir a rescatar personas con las que uno había compartido momentos daba la sensación de que cualquier cosa podía pasar”.

De bombero a médico forense


“Durante el 2003 y 2004 fueron muchas las muertes que se vivieron en el casco urbano. De hecho hay más imágenes que no se van a borrar nunca tampoco: doña Gilma… La mataron en la esquina amarilla del parque a las 11 de la mañana: le dispararon.

Jairo Ceballos
A mí me tocó hacerle la autopsia. Yo había acabado de salir del colegio porque en ese entonces todavía estudiaba, cuando me enteré que la mataron.

Pasados esos días, a los bomberos les tocó un trabajo demasiado fuerte. Nos turnábamos los días para ir a sacar los muertos. De los 29 bomberos quedamos 17, pues unos se fueron saliendo porque no aguantaban el trajín.

Es que era muy difícil uno llegar del monte a la casa a comer, después de haber visto tantas cosas malucas. Yo pasé hasta dos días sin pasar bocado porque me daba fastidio pensando en todos los cadáveres que había recogido en el día. Ya para el año 2004, de los 17 bomberos quedamos nueve.

Retorno a la calma


“Cuando me gradué en el 2004 ya había bajado un poco la ola de violencia. Al menos ya no había tanta tensión porque antes aquí no se salía después de las 8 de la noche: éramos con miedo de que alguien tumbara la puerta para llevarnos a la guerrilla, miedo a un enfrentamiento y a una cantidad de cosas que uno sabía que podían pasar. Eran épocas de tensión y depresión.

Para el 2005 asumí la Coordinación de Juventud, una oportunidad que me dio la alcaldesa Orfa Nelly Henao de iniciar con ese programa. Había bajado demasiado la violencia y todavía seguíamos con los bomberos.

Con ese programa se manejaban lo que eran los clubes juveniles y pre-juveniles. Era un apoyo económico que se les daba a esos grupos organizados tanto de la zona urbana como la rural.

Así se empezaron a recuperar muchos espacios antes marginados por la guerra y tratábamos de que los pelados salieran de nuevo a jugar fútbol en la cancha de la escuela, de que hiciéramos integraciones en la noche… Era ir quitando ese miedo del conflicto de hace un año atrás.

En el siguiente año empecé a coordinar el programa para la erradicación de minas antipersonales; incluso ese proyecto fue muy perseguido por los grupos al margen de la ley.

Por ejemplo, en la vereda El Respaldo había un centro de salud ¡y lo minaron! No se podía entrar allá ni sacarle provecho. Por esos días una persona que fue a hacerle aseo y a desyerbar el lugar se accidentó con una mina, no recuerdo si murió.

Eso duró minado hasta 2006 cuando se logró coordinar un desminado militar. En este momento el centro de salud se encuentra abandonado, se perdió toda la dotación, allá no volvió a entrar absolutamente nadie porque el desminado militar igual no garantiza que no haya quedado ningún artefacto de esos.

Sin embargo, ese año seguía trabajando con los bomberos porque seguían desapareciendo personas en las veredas. En muchas ocasiones nos tocaba rescatar a personas de otros municipios que se conectan por el río Nare, caso tal de mucha gente que venía por el afluente desde el vecino pueblo de Concepción”.

Perseguido por el conflicto interno


“Ya para 2007 me voy para Medellín y la situación fue muy difícil porque uno está acostumbrado a otras cosas, la vida acá es mucho más barata. Muy difícil al inicio enfrentarse a la ciudad. Se me dio la oportunidad de empezar a trabajar con un amigo que compró una ambulancia. También pude trabajar en Ecopetrol y para Bienestar Familiar.

Pasaron varios años y volví a trabajar con las ambulancias pero esta vez en Hidroituango. ¡Eso sí es una cara muy cruda de la violencia! Lo que vivimos en Alejandría fue muy difícil, pero allá sí es un lado de la guerra muy fuerte, acá por lo menos nunca tuvimos bombas.

Allá estaba trabajando con la hidroeléctrica y estábamos amenazados, teníamos 24 horas para salir del proyecto. Una noche mi jefe nos dice: “A las 4 de la mañana empezamos a sacar la gente en buses”. Inició la labor y me acuerdo que en un sitio que se llama Cacagual se cerró la vía porque caía material de una cantera. Nos tocaba entonces pasar a la gente de tres a cuatro personas.

Allá no había respeto hacia nadie y hacia nada. A las 11 de la noche me llama mi jefe llorando y me dice: “Jaimito, muévase que nos colocaron una bomba”. Yo solté las lágrimas, me eché la bendición y me dije: “¿Yo qué estoy haciendo aquí?” Arrancamos y efectivamente ocurrió un bombazo en la subida de una escuela en el Valle de Toledo: tres soldados heridos.

Los empezamos a atender y era tanta la presión que nos tomaban fotos desde los balcones; el problema era que había una red de informantes de los terroristas. ¡Yo pensaba que de esa no iba a salir!

A las tres de la tarde seguíamos en esas. Para donde uno miraba era monte, entonces estábamos a la espera de que mataran a los soldados y nos mataran a nosotros.

En ese momento llegan unos uniformados. Yo me asusté demasiado, pero eran del Ejército. En esas llegó el helicóptero que se demoró en aterrizar porque lo hostigaron varias veces. Cuando se llevó a los soldados, yo me quedé solo. Lo único que hice fue echarme la bendición y pensé en mi hija de un año, prendí las luces de la ambulancia y arranqué: no había hueco que me atajara.

Llegando por San Andrés de Cuerquia me dijo una coordinadora de un paro que no podía pasar. Le insistí tanto que me dejó ir. Cuando logré subir a un alto que conecta con San José de la Montaña me senté atrás de la ambulancia a llorar y me dije: “Acá no vuelvo, así me quede sin trabajo”.

Créame que lo que pasa allá no lo muestran por las noticias porque pasan infinidad de cosas todos los días y hay de por medio intereses comerciales.

Solo tenía la plata del peaje, entonces almorcé unas galletas. Más adelante me encontré con el Ejército. El cabo me paró y me dijo: “Hermano, por qué viene tan asustado, cálmese”. Yo le dije que eso abajo estaba hecho un chispero y lo único que me manifestó fue: “Usted siquiera se puede ir de aquí”. Seguí para adelante, llegué a Medellín, nunca jamás para allá. Ahora, solo quedan los recuerdos...”

De vuelta a su tierra


“Al sol de hoy, cumplo un año viviendo de nuevo en Alejandría. El pueblo ya está muy tranquilo, aunque siempre está la prevención de que puede volver a pasar. Pero acá ando aprovechando lo que años atrás no pude aprovechar.

Ahora puedo estar con mi mamá y con mi hija que antes solo veía dos días cada 35 días. Ahora tengo la oportunidad de verla crecer acá y eso es lo más maravilloso que puedo hacer.

Los bomberos aún siguen funcionando, pero por cuestión de tiempo les colaboro por los laditos. Llevamos muchos días sin muertos”.


Testimonio entregado en agosto de 2014

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