lunes, 25 de agosto de 2014

La ley del silencio, norma para sobrevivir



Martha Lucía Vallejo Arango

Tragarse las verdades, los deseos de hablar, quedarse callado y agachar la cabeza ante los asesinos. Esa ha sido una práctica común en las comunidades colombianas que han sido víctimas de las peores atrocidades. En Alejandría no fue la excepción.

Martha Lucía Vallejo Arango recuerda que su hijo mayor vivió la pavorosa experiencia de ver matar a su mejor amigo y ser obligado, con un revólver en la cabeza, a arrojar su cadáver a un río.

Ella, por entonces empleada de la Administración Municipal, como madre debió guardar silencio con tal de proteger no solo la vida de su hijo sino, incluso, la de ella misma y de toda su familia.


Por Juan Gonzalo Betancur B.

“Se criaron juntos, estudiaron juntos… A un hijo mío le tocó ver matar a ese amigo que era como su hermano. Eso fue muy duro para todos. Debido a eso mi muchacho se tuvo que desplazar: lo tuve que mandar para Cartago, en el Valle, porque… no, no podíamos dejarlo en Alejandría. Allá estaba mi hermano y me prestó la ayuda necesaria. Allá pudo hacer su carrera.

Mi hijo César estaba de unos 18 años. Es una historia muy horrible porque su mejor amigo, Giovanny Morales Bedoya, a quien todos conocían como Chupeta, era como de la casa nuestra. Siempre que mi hijo estaba aquí, ese pelao se mantenía con nosotros: comía, amanecía… Un hijo más para mí, la verdad.

Ese día trágico habían encontrado el cadáver de una guerrillera que habían matado. El grupo de esa guerrillera como que fue el que asesinó a una profesora de acá, Flor Marina Vargas, a quien todo el mundo quería. Me acuerdo de eso porque el Ejército pasó con el cuerpo de esa muchacha, muy joven, y llevaba puesto el reloj de la profesora.

Como a las once de la mañana, mi hijo César me dijo:

-          Mamá, me voy a ir con Chupeta a pescar.

Me acuerdo que le contesté:

-          Ay mijo, no se vaya por allá, mire que pasaron con el cuerpo de esa mujer. ¿Usted no cree que esa gente está muy ardida? Eso es un peligro.
-          No, no, eso es aquí no más. Vamos a La Sabina –un sitio que queda por aquí cerquita–, yo no me demoro.

Echó los documentos en una riñonerita, una de esas mochilas de tela que se ponen en la cintura, y se fue con el muchacho. Yo me quedé sola en la casa haciendo el oficio normal y como a las tres de la tarde lo vi que entró a la carrera para su pieza como agachado, como acelerado.

Él se había ido en la bicicleta, en una monareta. Yo estaba lavando el trapero. Es que me acuerdo como si hubiera sido ahorita, Dios mío bendito, qué horror…  Yo había acabado de hacer el oficio y en el momento en que estaba lavando esa trapeadora estaba pensando: “Eh, voy a poner a calentar el almuerzo porque en esto debe venir César pasado de hambre…” Es que las mamás somos así.

Cuando lo veo entrar a las carreras, me voy a mirarlo a la pieza:

-          Pero a usted qué le pasó… –le dije.
Se cogió la cabeza y contestó:
-          ¡Mamá, mataron a Chupeta!

Yo lo cogí y lo abracé:

-          Ay amor, cállese…
-          ¡Me van a matar a mí también, me van a matar a mí también…!
-          No, cálmese, por qué lo van a matar a usted –y lo sacudí–: ¡por qué lo van a matar a usted!
-          ¡Me van a matar a mí!
-          Usted no vio nada –le dije– usted no va a decir que vio eso, diga que estaba lejos.

A él lo amenazaron y le advirtieron que si contaba, le pasaba lo mismo. Lo obligaron, con revólver en la cabeza, a que tirara el cuerpo al agua para que se desapareciera. A César le tocó cogerlo de la correa y tirarlo al agua… Eso fue muy duro para él. Mi hijo ya es un hombre hecho y derecho, pero eso todavía lo afecta. Gracias a Dios se pudo recuperar el cadáver.

Toda esta situación le costó a mi hijo que la familia de Chupeta piense que a él le pagaron para que lo llevara allá para que lo asesinaran. Qué pesar, pero eso no fue así.

Son tan cínicos esos que lo mataron, unos paramilitares, que ese día llegaron a las seis de la tarde para saber qué estábamos haciendo. Y quién sabe si ahí venía el que lo mató.

Pese a la advertencia de muerte para mi hijo, esa noche nos fuimos para el velorio. Fue muy duro porque, además, a cuadra y media del lugar estaban tomando tinto esos hombres del grupo que produjo la tragedia”.

Cerca a uno de los asesinos


“En ese tiempo yo estaba trabajando en la Alcaldía donde laboré durante varios períodos. No habían pasado 15 días de esa muerte cuando llegó a la oficina donde trabajaba, en la Tesorería Municipal, uno de los tipos de ese grupo que asesinó al muchacho. Entró a pagar unos servicios y yo tuve que recibirle la plata.

Para mí ha sido una de las experiencias más aterradoras porque yo veía esa mano y veía era como el dedo que accionó ese gatillo. Sin embargo, me tocó recibir ese dinero y yo sin poder decir nada porque estaban en juego muchas cosas, entre ellas la vida de mi hijo. Donde yo hubiera dicho algo, posiblemente hasta la vida mía hubiera estado también en peligro.

Me pareció de un cinismo ir tan campante a pagar un recibo, como si nada. Y él saber que yo sabía que era de ese grupo… eso fue como un desafío. Pero él lo hacía en todas partes porque en todos lados se sentaba y pedía y hacía lo que quería. Y todos, como yo, teníamos que quedarnos callados por temor”.

Sucesivos encuentros


“Lo que pasó luego para nosotros fue también muy difícil. Mi otro niño, Germán, estaba pequeño y cursaba la primaria. Ya estábamos solos y vivíamos en este sector, el barrio Centenario, que siempre es un poquito retirado de la plaza principal del municipio.

En aquella época hubo muchas amenazas, incluso contra la Administración Municipal. De hecho estaba la señora Orfa Nelly Henao Giraldo de alcaldesa y a ella también la amenazaron: llegaron panfletos diciendo que si la Alcaldía seguía funcionando y los empleados prestando los servicios, nos iban a matar a todos. Ella es supremamente valiente y aguerrida. Hizo una reunión y nos dio carta blanca: dijo que si queríamos retirarnos, lo hiciéramos, o preguntó si queríamos seguir. La apoyamos y seguimos.

Lo que sí se cambió por ese tiempo fue el horario. Yo trabajaba como auxiliar de tesorería. La orden que nos dieron era salir una hora antes: si a las cinco de la tarde no se había cuadrado caja, se dejaba como estaba; el hecho es que a las seis no hubiera ni una persona en la Alcaldía.

Yo me venía con el niño, que al salir de la escuela me esperaba afuera del Palacio Municipal. Nos veníamos juntos y a las seis de la tarde nos metíamos en la pieza de atrás de la casa donde teníamos todo. Poníamos una cobija gruesa para que no se vieran luces y nos encerrábamos hasta el otro día. Como se dice, podían caer rayos y centellas y de allá no salíamos.

Allá comíamos porque la situación era horrible: uno oía los tiros, las balaceras, la gente que pasaba. De hecho, los famosos paracos tuvieron un cambuche aquí en la parte de atrás y ahí de doce y media, una o dos de la mañana empezaba uno a sentir que bajaban para hacer las llamadas del teléfono público que queda como a dos cuadras.

Eso era aterrador porque todo mundo sabía que nosotros teníamos teléfono. Era uno con el terror físico de que le tocaran la puerta y le pidieran una llamada porque se quedaba sin saber si decir “sí”, porque mire el problema en que se metía, y si decía “no”, también. Entonces lo que hacíamos era fingir que no estábamos”.

El dolor de muchos, como propio


“La vida continuó, siguieron las tragedias para muchas personas. Fueron demasiadas las familias afectadas que uno sabía que eran buenas, gente del pueblo, del campo… mataron menores de edad. Fue una tragedia espantosa: si usted veía a los hombres de cualquier grupo de esos, húyales porque no les podía dar un vaso de agua porque si se los daba venían los otros y lo mataban. Y viceversa, si le daba agua al otro, venían los contrarios… Mataban porque usted saludaba, porque decían que era colaborador, porque lo era o porque no lo era,  porque les dio o porque no les dio.

Una vez veníamos como a las seis de la tarde. Cuando eso yo tenía unas sillitas de madera en los pinos que hay junto a la casa, unas que hicimos con unas tablas. Cuando bajábamos alcancé a ver por lo menos a ocho tipos, paramilitares, ahí sentados. ¡Quién entra pues!

Me seguí derecho para donde una vecina. Llegué toda asustada. “Tranquila, si quiere se queda a dormir acá”, me manifestó ella, pero yo le contesté que no porque había que madrugar a trabajar, a despachar al hijo para el colegio, que muchas gracias, que solo me quedaba un rato.

Cuando me vine para la casa, al llegar los saludé:

-          Buenas noches.
-          Buenas noches señora, ¿cómo está? Tranquila, usted tiene como susto.
Yo no contesté nada.
-          Nosotros somos de los buenos –habló uno.
Es que me parece oírlos…
-          Ahhh, bueno. Permiso.
Qué susto para cerrar porque estaban con todos esos maletines, maletas, bolsos, armas…
-          Me muero de la pena con ustedes pero voy a cerrar porque nos vamos a acostar y nosotros madrugamos mucho.
-          Tranquila señora que nosotros nos vamos a quedar un ratico aquí y nos vamos. Tranquila que nosotros la estamos cuidando.

Entré y, como siempre, me metí a la pieza con el niño e hice la comida en el microondas.
No supe a qué horas se fueron, solo que se quedaron mucho tiempo porque escuché que hablaban, fumaban, se reían, etc. Esto estaba todo solo porque en este sector no había casi nadie, se desocupó prácticamente: creo que si nos quedamos viviendo tres familias fue mucho. Mi hijo Germán y yo vivíamos acá solos.

Aparte de lo que pasó con mi hijo César, con nosotros no se metieron más. Pero fueron tantas las historias que uno quedó muy afectado. Es que uno llega a compenetrarse tanto con el pueblo, con el municipio, con la gente, que cada tragedia de una familia uno la ve como propia. Por ejemplo, yo conozco a una señora que tiene una historia espantosa.

A esa mujer le mataron al esposo y a un hijo. Un día, como a las diez de la noche, estando ella viviendo en el campo, llegaron y le tocaron la puerta: era un ejército de esos hombres para que le entregaran a un hijo porque se lo iban a llevar.

¿Usted se alcanza a imaginar el dolor de esa madre suplicándoles a esos hombres que más bien se lo mataran ahí para ella tener, por lo menos, la forma de enterrarlo y no tenerlo desaparecido?

Ella cuenta ahora: “Yo haciendo fuerza para no llorar, rogándoles a esos desgraciados que me lo mataran acá, pero que no me lo desaparecieran”. Y se lo mataron, ahí se lo dejaron”.

Sacarlo del pueblo, para salvarlo


“Creo que al otro día que enterraron al muchacho amigo de mi hijo, despaché a César para Cartago. Allá pasó cuatro años y venía solo para vacaciones. Cuando volvía, aquí le decían: “¿Usted es que es bobo? Usted nada debe, no tiene porqué esconderse, véngase para acá”. Pero igualmente no lo dejaba venir, hasta que terminó su carrera de Zootecnia y Producción Agropecuaria, y se graduó allá en la Universidad del Valle.

En la universidad tuvo que ir donde una sicóloga para superar eso que vivió porque decía que a toda hora estaba viendo eso, lo veía cuando dormía… Él estuvo afectado mucho tiempo. Creo que a él le ayudó ser una persona muy hermética y gracias a eso está donde está, eso lo salvó. Porque si no, otra historia es la que estaría contando”.


Testimonio entregado en junio de 2014

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