lunes, 25 de agosto de 2014

La impotencia de gobernar un pueblo en tiempos de caos



Orfa Nelly Henao Giraldo, alcaldesa de Alejandría cuando arreció el conflicto armado, narra cómo fue ese momento y todas las atrocidades que presenció: desde masacres y desplazamientos de sus paisanos, hasta los secuestros masivos de colegas alcaldes de la región.

Su testimonio muestra las dificultades que tienen los gobiernos locales de pequeños municipios fuertemente afectados por la violencia. Asimismo, evidencia el complejo período de gobierno 1998-2000 para las administraciones municipales de todo el Oriente antioqueño.


Por Dayana Villegas Montoya

“Cuando estaba en la alcaldía, el conflicto inició fuerte en la zona urbana el 11 de mayo de 1999 con el asesinato de siete muchachos. Ese fue el primer hecho en que se notó que estaban llegando los paramilitares al municipio. Y como la Policía era tan poca, nunca fue capaz de tener control sobre ese tema.

Con esa masacre se sintió totalmente la impotencia, empezando porque en Alejandría escuchar de un homicidio era anormal. Eso generó de todo porque, como es un pueblo tan pequeño, todo el mundo conoce a todo el mundo.

Ese día fue una pesadilla para el pueblo, para uno que era su cabeza. Fue un día de pánico, de terror, de dolor… fue impresionante. Después de eso empezaron a matar uno, otro, otro... La verdad, yo siempre creí que eso no iba a pasar allá porque el municipio es de gente muy normal, o sea, allá no hay ricos, no hay nada.

Lo que se dice es que la guerrilla permanecía mucho en esos sitios porque para ellos era muy tranquilo; Alejandría era, como una vez Álvaro Uribe lo dijo en un discurso, un sitio de recreo de la guerrilla. Parece ser que como está en una zona de embalses y ellas son muy pobladas de bosques, para ellos era muy estratégica su presencia allí. Aunque el municipio también era para ellos sitio de paso para San Roque y de ahí para el Nordeste antioqueño. Eso es lo que realmente se dice.

Las veredas más complicadas fueron San Miguel, La Inmaculada, La Pava y El Respaldo porque están muy cercanas al embalse San Lorenzo. Entonces fueron las más afectadas porque allá obviamente fue donde llegaron los paramilitares a sacar a la guerrilla. Fueron áreas de enfrentamientos muy fuertes”.

La seguridad y la fuerza pública


“Se vivía ese temor constante, la gente no salía. Uno no se iba para ningún lado porque sabía que alrededor de los pueblos estaban los paramilitares y estábamos desprotegidos totalmente ya que no había Policía, escasamente se protegían ellos. Uno no podía esperar la protección por ese lado.

El Ejército no estaba permanente, sino que llegaba luego de que pasaban cosas; estaban dos o tres días y ya se regresaban. Y otra vez volvía y pasaba de todo.
Es que en ese tiempo la seguridad era muy compleja porque había una posesión total, total, de la guerrilla. El Estado estaba como en manos de ellos.

Ya después de que empezaron los paramilitares y la guerrilla a tumbar torres de energía, sí comenzó a haber Ejército permanente en los municipios y en las veredas. Cuando eso se empezó, poquito a poco, a controlar el tema de la seguridad.

Es muy posible que los ciudadanos tuvieran información que sirviera a la fuerza pública sobre los grupos armados, pero buscar hacer una acción contra los paracos o contra la guerrilla era tener la muerte fija: eso era pelear usted contra un poder enorme. ¿Quién los tenía controlados a ellos? Nadie”.

Secuestros y mediadas de prevención


“La muerte de alcaldes en ese período fue impresionante, fueron por ahí cinco o seis. Mataron al de Concepción y al de Santo Domingo que son municipios vecinos. Recuerdo también muchos atentados. Éramos tres mujeres alcaldesas en el Oriente y a las otras dos, les tocó renunciar.

La guerrilla hizo muchos secuestros de alcaldes. Ya estando posesionados hicieron unos secuestros masivos más o menos en tres veces donde cogían alcaldes. A mí no me tocó porque Alejandría tiene muchas vías: vos estás aquí en el municipio y te podés ir por San Rafael, por Concepción o por Santo Domingo… Entonces yo cambiaba mucho de ruta y de hora. Creo que eso me salvo y, primero, Dios que me cuida mucho.

En esa época de mi administración la familia mía estaba viviendo en Medellín, es decir, yo estaba sola en el municipio. Para visitarlos salía a cualquier hora de la noche: nueve, diez, once... Normalmente viajaba en la noche porque en el día los carros se veían y reconocían el de uno. Cuando menos pensaba arrancaba de allá para acá y de acá para allá. Así fue todo el tiempo”.

La administración municipal, en toda la mitad


“Yo veía a veces que la guerrilla o los paramilitares les pedía cosas a las alcaldías y ellos les mandaban. A mí me pedían y yo no les mandé nunca nada: es que no me iba a hacer matar. Yo les dije: “No, en una eventualidad en que tenga que hacerlo, renuncio”. Pero por fortuna jamás me obligaron a eso.

Siempre tuve claro que no iba a estar a favor de ninguno de los grupos armados. Y se los deje explícito porque llegó un momento en que me decían: “Bueno, ¿está del lado de la guerrilla o de los paramilitares?” Siempre les dije que no comulgaba ni con la filosofía ni con las acciones de ninguno.

Yo nunca, nunca, les fui a una cita ni nada por estilo. Les decía que si me necesitaban vinieran a la oficina porque ese era el sitio de atención y yo allá tenía que atender sin excepción.

Los otros funcionarios de mi despacho se mantenían con muchos temores. Pero la verdad es que se trabajó de una manera como tan imparcial que los grupos armados dejaron trabajar hasta cierto punto. De todas maneras yo les decía a los empleados de la administración que tuvieran mucho cuidado porque lo que menos podría pasarnos es que nos mataran a un funcionario.

Se conformó un equipo de trabajo supremamente unido: todos cuidando el uno del otro, muy pendientes: “Ve, cuidadito, no te vas por allá que está la guerrilla”, “cuidadito que tal cosa”, decían. El mismo campesino lo cuidaba mucho a uno.

Sin embargo, siempre nos asesinaron a dos empleados, a Elkin Ovidio Guarín Guarín y a Óscar Mario Calderón Calderón, ambos al servicio del acueducto. Sus muertes se presentaron el 5 de diciembre de 2004 en la bocatoma municipal”.

Tragedias muy cercanas


“A uno de los funcionarios de la administración una mina antipersonal le amputó una pierna cuando iba a rescatar a un muchacho que habían secuestrado y matado. Él era obrero, le amputaron la pierna y le colocaron otra. Hubo que pensionarlo y usted lo ve hoy moviéndose para todos los lados; menos mal eso no le ha impedido seguir la vida.

Otro caso dramático fue cuando en una vereda mataron como a cinco personas y dentro de los fallecidos estaba el papá de la tesorera. Dijimos: “Vamos a mandar por ellos”, pero no nos dejaban pasar los paramilitares. Eso fue un martes o miércoles y llegó el viernes sin poderlos traer. Además, a uno de ellos lo tiraron al río y jamás lo encontraron.

Llegó la Cruz Roja y fue a pasar, pero de igual manera les dijeron: “No los dejamos continuar, no respondemos porque estamos en combates con la guerrilla”. Lo que quiero decir con esto es que era una impotencia impresionante. Además de los temores que yo tenía, no se podía ir para allá porque los funcionarios eran muy poquitos y esa no era su función.

Hasta que llegó de Medellín la familia de uno de los que habían matado y me dijeron: “Préstenos la volqueta”. Y yo les contesté: “Ah, cójanla y váyanse a ver qué pasa”. Ya ese día sí los dejaron pasar. Entonces fue como al viernes que trajeron los cadáveres descompuestos, supremamente descompuestos”.

Un gobierno en continua emergencia


“Nosotros lo que hicimos fue improvisar a lo loco porque estábamos en manos era de la delincuencia. ¿Qué hacíamos? Cumplíamos con todos los procedimientos normativos que hay que hacer: informes a la Secretaría de Gobierno Departamental, al gobernador… y fuera de eso atienda y atienda a la gente que sufría. Nos tocaba atenderlos y darles casi todo porque era el campesinado el más afectado, eran los más pobres. Nos tocaba sacar de donde no había para hacer la atención de ellos: ir a recogerlos, las necropsias, hacer todo ese proceso…

La Gobernación ayudaba: mandaba mercados, de pronto enviaba cobijas, sábanas, lo apoyaban a uno mucho, pero eso nunca le alcanzaba para atender a esa gente porque eran desplazamientos permanentes.

Yo digo que eso fue una pesadilla que se vivió porque era un pueblo tan pequeño que todo el mundo era familiar, amigo o conocido. Entonces era ver salir a la gente y uno no tener nada que hacer.

En esos desplazamientos pensaba: ¿Les digo que se queden? Pero, ¿yo cómo les puedo garantizar la vida? Es que uno no tenía forma de garantizarle la vida a nadie.

La situación fue tan dramática que el municipio tenía más o menos 6.500 habitantes y debido a toda la violencia y a los desplazamientos masivos e individuales llegaron a quedar por ahí 3.000 personas y un poquito más”.

Una ardua lucha


“Sorteamos y sorteamos como pudimos. Obviamente con miedo, no voy a decir que no, ¡físico miedo! Nosotros sentíamos a cada ratico que se metió la guerrilla a este pueblo y acabó con todo.

En términos generales, lo de la primera alcaldía fue todo el tiempo como en esa situación, esperando a quién habían matado. Y todos los días en esa zozobra de que ya se van a tomar el pueblo. Nos tocó correr mucho, salir a cada rato de la alcaldía a la carrera porque al lado está el comando de policía y cuando se sentía disparar salía volado de allá. Uno decía: “Vienen por el comando de la Policía y con el comando acaban con la alcaldía”.

Ese primer período mío fue una pesadilla. Yo hago un análisis y me quedo sorprendida conmigo porque, imagínese, uno nunca había vivido en medio de la guerra y luego le toca esa situación. Yo no sé cómo hice para enfrentar todo eso ni de dónde saqué tantas fuerzas y tanta fortaleza. Entonces yo digo: ¡Dios mío!
Cuando terminé ese período de gobierno sentí el descanso más grande de mundo entero. A los tres o cuatro días yo ya estaba en Medellín y me sentía libre”.

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Actualmente, Orfa Nelly Henao es diputada de la Asamblea Departamental de Antioquia

Testimonio entregado en junio de 2014

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