lunes, 25 de agosto de 2014

“En toda casa encontraba uno dolor: no hubo familia que hubiera quedado sin que la tocara la violencia”




Cuenta el sacerdote José Leonardo Ospina Giraldo, quien estuvo siete años como párroco de Alejandría (entre 2001 y 2007), que al momento de enterarse que debía continuar su misión pastoral en ese pueblo fue a contarle la noticia a su madre.

Ella le dijo que en vez de irse para allá se devolviera para su casa, que cualquier cosa harían y cualquier cosa comerían, pero que a ese lugar no fuera.

Lo que le respondió fue que donde había gente había vida y que él iría a donde hubiese vida. Así se convirtió en el pastor que guió espiritualmente a una comunidad que estaba, como dice el Evangelio, en medio de lobos.


Por Jonathan Jiménez Hernández

“Al finalizar el año 2001 fui nombrado párroco para el municipio de Cisneros. En ese momento, dentro de los problemas que tenía Alejandría, tenían que cambiar al párroco de allá. Por la situación que había en ese lugar no era fácil mandar a cualquier sacerdote, entonces me quitaron la posibilidad de ir a Cisneros y me enviaron para Alejandría que ya presentaba un panorama desolador con gentes emprendiendo la huida de la localidad mientras que las personas que se quedaron eran muy pobres y no tenían a dónde ir.

Llegué el 22 de diciembre a ese pueblo que no conocía. La persona que me llevaba en el carro nunca me dijo cosas buenas de Alejandría: dos horas viajando donde los relatos fueron sobre situaciones difíciles, muertes, persecuciones, soledades… Llegué y vi que sí estaba compleja la situación, pero que era un pueblo muy bello y que tenía una estructura hermosa.

Siempre pensé que también había muchas cosas bellas. Me fui a vivir allá el 26 de diciembre. Vi a la gente un poquito apática porque no salieron a despedir al padre que se iba ni salieron a recibirme. Me sentí muy solo, pero siempre yo tenía el pensado que el espacio no me lo abría la gente, sino que yo lo abría.

Me hice conocer tímidamente, al igual que la misma gente. Quién vino, a qué vino, cómo vino, qué va a decir, cómo nos va a tratar, cómo lo vamos a tratar, qué apoyo vamos a tener, era lo que sentía que pensaban. La Iglesia Católica es una institución en la que hay credibilidad, pero también se generan muchas expectativas en torno a ella, pero fuimos compaginando.

Al tocarme un fin de año, vi que era un pueblo que pesar de su tristeza era demasiado alegre: no estaban tan compungidos, en su expresión cultural eran muy alegres, muy festivos, parecían costeños. Yo dije: “Toda esta alegría hay que utilizarla porque si es una población alegre, esa alegría hay que utilizarla para sacarla adelante”. Al llegar miré la apertura que tenía la gente hacía Dios. Y allí es donde empiezo a conocerlos; también a conocer su tragedia.

Muchas personas no dejaron de celebrar su 31 de diciembre, por eso digo que era un municipio que había que aprovecharlo con esa alegría y con esa apertura a sí mismos, yo lo llamo así, apertura hacía sí mismos. Veía no unas fiestas enormes, pero sí celebraron ese día. Además, mostraban el deseo de no sumirse en el llanto y el dolor, sino más bien en escuchar sus músicas y en sentir que no estaban muertos, que tenían que vivir.

A partir de ahí contagié el deseo de proyectarme como hijo y ministro de Dios. En el pueblo encontré ciertas tristezas que la gente no podía conjugar, pero sí mucha fe. Y en los campos hallé una soledad muy grande, pero un deseo de salir adelante”.

Su rebaño, en medio de tres bandos


“Aunque yo siempre miraba al futuro, también miraba a la gente viviendo una violencia que ellos no crearon, un enfrentamiento de tres grupos que ellos no propiciaron: tan difícil era la presencia de la izquierda como la de la derecha, así como el accionar de las fuerzas del Estado.

Todos eran muy difíciles: la guerrilla, los paramilitares y el Ejército. Estar del lado de cualquiera de los tres comprometía y atender a cualquiera de ellos era signo de muerte. Como si fuera poco, ninguno de estos grupos generaba confianza para la gente.

Los que no pudieron salir tenían que quedarse esperando la muerte o un futuro incierto. Más esperando ese futuro dudoso porque la muerte, aunque es un hecho real, no la esperamos, la evadimos y buscamos la vida.

Visité casa por casa en medio de todo ese conflicto para hacerles sentir que yo no tenía miedo –aunque tenía que guardar un poquito–, para hacerme reconocer ante ellos que estábamos juntos. Y que cuando teníamos que luchar, bregar y llorar, lo haríamos juntos, y cuando teníamos que reír y organizarnos, pues nos organizaríamos.

Una cosa muy bonita encuentra uno en los tiempos de la violencia: la gente es más obediente, por eso se hace uno más paternal.



Además, en tiempos tan difíciles como esos hay que tener mucha sabiduría para aconsejar, demasiada, pues no puede ser cualquier consejo. Se necesitaban palabras profundas y fecundas que iluminaran la vida de unas personas que estaban en un momento de desorden y desequilibrio no por culpa de ellos, sino por culpa de un momento que se presentaba.

Se debía consolar a aquellos que habían perdido a padres, madres, hermanos, familiares o personas muy allegadas. Siempre en toda casa encontraba uno el dolor, en todas, no hubo ninguna familia que hubiera quedado sin que la tocara la violencia

También se tenía que orientar porque los tiempos de la violencia y la guerra despiertan para la posguerra un desorden social, entonces había que organizarlos y proyectarlos al futuro.

Por eso se les hablaba y a veces no lo entendían. En algún momento pensaban que uno no estaba con ellos por las palabras fuertes, las frases duras que uno decía o por las decisiones duras que se tenían que tomar, pero había que pensar más en el futuro que en el momento que estaban viviendo.

En ese sentido, se sembró en el corazón de muchos la credibilidad en sí mismos y se les reiteraba que esa idea jamás se debía desvanecer. Porque una persona que deja de creer en sí misma no es capaz de superar los conflictos, ninguno, y mucho menos esos que eran tan difíciles”.

Los peligros de muerte fueron grandes


“Los problemas que se asumieron allá fueron muchos, demasiadas cosas. Pero había algo que uno tenía que ganarse con ellos: era el respeto y el valor del pueblo.

Yo pienso que por mi fe y por lo que creo en Dios yo allá no me morí porque necesitaba hacer otras cosas todavía. Pero los peligros de muerte que tuve fueron grandes.

Me tocaron varias situaciones muy complicadas. Una de ellas, por ejemplo, ocurrió con un agente de policía que estaba muy desesperado porque su esposa estaba teniendo un hijo, estaba hospitalizada y él quería salir para estar con ella. Entonces yo lo saqué un domingo de madrugada hasta el municipio de Barbosa.

Salí como a las tres de la mañana de Alejandría, lo saqué y ya otra vez a las 6:30 de la mañana estaba de nuevo en el pueblo. Por ese motivo la guerrilla me dijo que si yo no sabía que no podía cargar personas de grupos armados y que todo el que cargaba un arma era de un grupo armado.

Yo les dije que sí. Me preguntaron que si había sacado del municipio a un policía y les respondí que sí lo había sacado. En ese instante dije: “Me van a matar”. Yo ya pensaba en la muerte.

Uno de los guerrilleros me preguntó por qué lo había hecho. Yo le contesté: “La persona que a usted le informó, ¿le contó que lo saqué y que no lo volví a entrar?” Me respondió “no”. Yo le dije: “Vea, ni la Policía, ni el Ejército, ni el paramilitar, ni la guerrilla, le están haciendo bien a este pueblo. Si yo los pudiera sacar uno por uno a todos ustedes y que no volvieran aquí, los sacaba”. Entonces él sonrió y se fue.

Fueron varias cosas como esas, muy peligrosas y muy delicadas, por las que yo pasé. A Dios gracias no me llegó ninguna amenaza, quizá porque tuve mucha empatía con la comunidad y una simpatía muy grande en el pueblo. Y quizá pensaron que sería algo muy triste, cualquier grupo lo veía de esa forma, que si me echaban de allá se generaba un dolor muy grande.

En todo momento yo trataba de ser muy neutral, demasiado. Trataba de estar con todos y con nadie, entonces esa parte lo hacía ver a uno como inocentón. Y esa inocencia lo salvaba a uno”.

Lo primero, siempre, es la vida humana


“Por allá recordé mucho que la palabra de Dios se refiere a la defensa de la vida. Por eso yo siempre defendía la vida, cualquiera que fuera: no defendía la vida de fulano ni pensaba que la vida de este o del otro era más valiosa que las demás.

Eso lo pregoné siempre, sobre todo cuando algunos integrantes de los grupos armados acudían a las misas a escucharme en la eucaristía. Uno los veía en el templo.

Una vez iba a sacar del municipio a una señora que iban a matar, porque allá también tocaba sacar a personas que corrían peligro de muerte. No era cuando tuvieran una amenaza, sino que era cuando algo era real. Yo le había dicho a la señora que se escondiera en una casa y que la recogía a las 2:30 de la mañana, pero ella les contó a sus niños y eso se regó.

Cuando yo salí del carro por ella, lo hice a la carrera. En el momento en que la estaba montando al vehículo vi por el espejo retrovisor que atrás venía un paramilitar y que estaba con un arma en la mano. Yo pensé: “Van a matar a esa señora y me van a matar también a mí”.

Cuando el hombre llegó me puso el arma en la cabeza y me dijo:

-       Cura, ¿no le da miedo morirse? ¿No le da miedo?
-       No, yo lo hago por esos niños  –le respondí–. Y a usted le va a nacer un niño en estos días; si usted supiera lo que es morirse dejando a un niño huérfano, un niño ahí sin padre…
-       ¡Es que ella la hizo. Ella la tiene que pagar!
Él lo dijo con palabras muy vulgares, pero se calmó. Y luego me manifestó:
-       No la mato por respeto a usted…

Un pueblo de esperanza


“Por todo lo que pasó pienso que solo quedó Dios, no quedaba nadie más. Porque, ¿quién lo defiende a usted en una casa a las 12 de la noche en el campo? Su fe, no más. ¿Quién defiende a una persona en unos momentos de violencia tan grandes?

Había personas que veían las obras de Dios tan palpables, tan grandes, que se evidenciaban, como en el sentido de ver que los asesinos iban por ellos y de repente se devolvían. Es algo inexplicable.

Estuve hasta el año 2007 cuando ya estaba calmado, ya estaba todo muy distinto. Lo único que sé es que Alejandría se volvió ¡tan bueno...! Nos unimos mucho, incluso todavía cuando voy al pueblo siento la acogida, demasiada acogida. Eso viene de una gente demasiado querida, buena, que se siente con hambre y sed de acompañamiento.

Es que ellos estaban acostumbrados a que los conociera, apoyara, escuchara y aconsejara. Porque antes de ellos decirlo yo sabía qué les dolía porque ya conocía a todos, no para juzgarlos, sino para crecer y salir adelante.

Aún hay personas que se acercan donde mí. Son muchas, son cosas que uno vio, conoció, escuchó, pero que no puede ser ni siquiera historia para redactar, son cosas que hay que botar.

Volvería a Alejandría con mucho gusto, no tendría las mismas fuerzas, pero sí tendría el mismo amor. Tendría más amor y lo haría con algunas personas que ya están nuevas”.

*****

Hoy, este sacerdote es el párroco de la catedral del municipio de Girardota, donde también está la sede de la diócesis eclesiástica que tiene jurisdicción sobre Alejandría.



Testimonio entregado en junio de 2014




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